
En 1979, Shadi (que no da su apellido para proteger su identidad) vivía en Londres con su marido. Ambos iraníes, él ingeniero y ella artista, se habían mudado a la capital británica desde Shiraz para estudiar y decidieron quedarse. Él encontró un buen trabajo, ella montó su propio estudio y tuvieron una hija. Con la niña recién nacida, Shadi viajó a Irán para que su familia pudiera conocerla. La revolución estalló y, en medio de la parálisis del país, la suspensión de vuelos y el colapso del estado, ella no pudo salir de Irán ni su marido logró entrar. Quedaron separados sin saber cuándo podrían volver a verse. Meses después, según relata Shadi, su marido se quitó la vida, vencido por la desesperación. «Y yo me quedé atrapada en este país que antes amaba, en este infierno, y en este velo, que es lo que más odio porque es el símbolo de todo lo que nos duele aquí», explica. «Recuerdo mi pelo suelto en la universidad, lo recuerdo en Londres, paseando con mi esposo, y aquí solo puedo ver el mío, el de mi hija y el de mis dos nietas, dentro de las cuatro paredes de mi casa. Solo encerrada puedo ver mi cabello, mis brazos, mi cuerpo, a mí misma… aunque dentro poco queda, porque me han robado el alma».Esta conversación, tan sentida como reveladora, tuvo lugar en un vuelo entre Shiraz e Isfahan en 2017, durante un viaje de esta periodista de dos semanas a Irán, como turista, en un momento en el que entrar al país era relativamente sencillo y las autoridades parecían abrirse, con cautela, a los visitantes extranjeros. «Este velo es lo que más odio porque es el símbolo de lo que nos duele aquí»La limitada infraestructura turística y el deseo de conocer el país más allá de los circuitos oficiales propiciaron el alojamiento en casas de familias locales, a través de una plataforma de hospitalidad entre particulares, compartiendo, así, techo y mesa con completos desconocidos.Con algunas de esas familias el contacto se ha mantenido a lo largo de los años, hasta que la censura digital, los bloqueos intermitentes de internet y la creciente vigilancia impusieran una comunicación fragmentada, hecha de nombres ficticios, números alternativos y mensajes que desaparecen en cuanto son leídos.Hospitalidad iraní, en la imagen de arriba. La periodista nos abre el álbum de su recorrido por Irán. ivannia SalazarEran aquellos los tiempos del presidente Hasán Rouhaní, considerado un político «moderado» dentro del sistema político del país, especialmente en comparación con las corrientes más conservadoras. En Irán, sin embargo, todas las etiquetas son relativas. Nadie que compita por el poder cuestiona el sistema islámico ni la autoridad última del líder supremo, Alí Jamenei. Rouhaní pudo maniobrar en una coyuntura excepcional, marcada por el acuerdo nuclear y por un clima de distensión internacional que coincidió con la presidencia de Barack Obama en Estados Unidos. Aquella ventana de apertura, breve pero perceptible, se notaba también en la calle: en la curiosidad hacia el extranjero, en las conversaciones improvisadas, en la sensación de que quizá algo podía empezar a cambiar.No al aperturismoEse margen se cerró con la retirada estadounidense del acuerdo, decidida bajo la presidencia de Donald Trump , y con el regreso de unas sanciones que reforzaron en Teherán la idea de que cualquier gesto de apertura tenía un alto coste interno. En un Oriente Próximo cada vez más inestable, Irán volvió a atrincherarse y Occidente a aislarlo. El resultado ha sido una fase más dura, en la que la represión se ha convertido, una vez más en su historia, en uno de los principales instrumentos de estabilidad del régimen.Pero Irán no es un país resignado ni silencioso. Desde hace años, y con especial intensidad desde 2022, las protestas recorren sus calles pese a la represión, las detenciones masivas y las condenas ejemplarizantes. Mujeres jóvenes, estudiantes, trabajadores y familias enteras han salido a manifestarse en las grandes ciudades y también en zonas menos visibles, pagando un precio altísimo por hacerlo. El apagón informativo, los cortes de internet y la persecución no han logrado sofocar del todo un descontento que se expresa una y otra vez, incluso sabiendo que cada gesto de protesta puede tener consecuencias irreversibles.Irán no es un país resignado ni silencioso: a pesar del alto precio que se paga por salir a la calle, hay numerosas movilizacionesIrán es también el heredero de una civilización milenaria que existía mucho antes de la República Islámica. Este es territorio de Persépolis, de columnas que aún se alzan en el desierto como testimonio de un imperio antiguo, de jardines diseñados para crear sombra y agua en medio de la aridez, de una arquitectura pensada para la contemplación. Esa memoria sigue viva en los gestos cotidianos: en la amabilidad, en la insistencia casi ritual por ofrecer té, fruta o dulces, en la manera de compartir la mesa y la conversación como un acto de hospitalidad.Esa herencia cultural se percibe en la vida diaria. En parques y jardines, familias enteras extienden mantas para hacer pícnic mientras los niños recitan de memoria versos de grandes poetas persas. En Shiraz, ciudad de flores y de poetas, los naranjos en flor perfuman las avenidas y, al caer la tarde, se comparten helados tradicionales de rosa y azafrán, el faloodeh, orgullo local servido con zumo de lima. La belleza allí no es un decorado, es una forma de resistencia íntima.La tumba de Hafez no es un lugar solemne y silencioso, sino un espacio vivo. Jóvenes, ancianos y familias enteras se acercan a recitar versos de memoria o a abrir al azar su libro como quien busca orientación. La poesía no pertenece al pasado, forma parte de la conversación cotidiana.Las restricciones severas que sufren ellasEsa delicadeza convive con restricciones severas, especialmente para las mujeres. No pueden bailar ni montar en bicicleta en la vía pública, miden cada gesto fuera de casa y reciben advertencias constantes sobre cómo vestir o comportarse. Narges vive en Kashan, cerca del desierto. Dentro de su casa se declara atea, escucha a Shakira y viste leggings. «Aquí no hay protestas », explica. «Solo escuchamos lo que pasa en las grandes ciudades». Aun así, asegura que si las hubiera en su entorno, saldría. «Esta lucha es de todos, pero sobre todo de las mujeres, aunque arriesguemos la vida».Para muchos fuera de sus fronteras, el nombre de Irán provoca una reacción casi instintiva de recelo, incluso de miedo, construida más desde el titular que desde la experiencia. Es un país asociado en el imaginario occidental a consignas políticas, amenazas nucleares y eslóganes repetidos en televisión, una palabra cargada de significados que rara vez incluyen a las personas que lo habitan. Ese rechazo nace del desconocimiento y de una geografía convertida en abstracción, donde el matiz desaparece y todo se simplifica. Al cruzar sus fronteras y escuchar historias como la de Shadi, se comprende hasta qué punto esa imagen ignora una realidad mucho más compleja, hecha de hospitalidad, sonrisas y vidas que transcurren lejos del ruido que acompaña a su nombre en los periódicos. El día de la bicicletaEse miedo también existe dentro del país. Hace casi una década, Reza y Maryam vivían en Isfahan. Ella estaba embarazada. Temían que el bebé fuera niña, «porque en este país las mujeres sufren la peor parte de la opresión», pero también que fuera niño, «porque el servicio militar obligatorio destruye física y emocionalmente a los hombres». El bebé nació niña y la familia logró emigrar a Canadá. Su corazón, sin embargo, sigue en Irán. «Tener hijos, seguir apostando por la vida, es demostrar que aún hay esperanza», escribe Maryam. «Y si el régimen cae, volveríamos sin pensarlo». Entonces, añade, le regalarían a su hija una bicicleta nueva. «Porque sabemos que llegará el día en que pueda montarla en la calle, como lo hace aquí».«He visto otras revoluciones, otras protestas… en algunas participé incluso con mi hija», dice en cambio Shadi. «Y el resultado es siempre el mismo: nos aplastan, nos callan, nos silencian». Cuando se le pregunta si cree que algo cambiará, responde sin rodeos: «No. Al menos no creo que sea algo que vayan a ver mis ojos».Desde Kashan, Narges de muestra más optimista. «Lo vamos a ver», escribe. «Vamos a ser libres, mi hijo será testigo», y recuerda una excursión al desierto de Maranjab, donde durante unas horas ella y esta redactora pudieron quitarse el velo porque «la Guardia Revolucionaria no llega hasta allí». «Allí éramos como queremos ser siempre», explica. «Las muertes de nuestras hermanas y hermanos, como Mahsa Amini y tantas otras, no serán en vano», asevera. Irán es un país atravesado por la protesta , por la represión y por la valentía cotidiana. Un lugar donde la belleza, el arte, la música y la alegría conviven con la violencia implacable del poder teocrático, y donde muchos hombres y mujeres imaginan la libertad como aquel día con Narges en el desierto, sin velo y sin miedo, con el pelo suelto bajo un cielo tan grande que ni siquiera ese Gran Hermano que es el ayatolá alcanza a vigilar.



