Mari Carmen Mateos tenía el bolso preparado con lo esencial horas antes de que la Guardia Civil le diese el aviso de desalojar su casa en la plaza de España de Grazalema. Lo supo porque “desde el suelo sonaban zumbidos raros, como el que da un golpe contra una pared” y por ese agua que manaba, por donde podía, de los bajos de las viviendas de la acera de enfrente a la suya. Desalojada como el resto de los 1.500 vecinos, lo cuenta desde la casa de su hija en Ronda. Ahora su pueblo solo lo pisa la Guardia Civil y geólogos expertos que, en principio, son relativamente optimistas. Esperan que el acuífero abotargado de agua bajo el pueblo tarde apenas unos días en volver a la normalidad cuando deje de llover y descartan que los colapsos —si se dan— sean de gran tamaño.
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