La reacción del PP de Madrid al episodio de acoso que denunció una concejal de este partido en Móstoles refleja la indigencia moral de una forma de ejercer la política cimentada desde hace demasiado tiempo en el discurso corrosivo, la malicia destructiva y el vil embeleco. La estrategia es conocida: convertir a la víctima en sospechosa, casi en verdugo; propagar bulos e insinuaciones calumniosas sobre ella y, por último, lanzar amenazas abyectas para intimidarla. Al más puro estilo de un abusón. La impostada sobreactuación para denigrarla tiene un problema: la número tres del partido, Ana Millán, reconoció a la exedil en una reunión que había sufrido “un acoso de manual”. Esas cuatro palabras, que Millán no ha desmentido, desmontan la tesis conspiranoica de que es un caso fabricado y que el PP madrileño está extendiendo para imponer, una vez más, un relato retorcido de la realidad.
Seguir leyendo
