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Ese toro bravo que es la fama: un relato de Jaime Bayly

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Ese toro bravo que es la fama: un relato de Jaime Bayly
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Lo más difícil de firmar libros no es escribir en piloto automático una dedicatoria amable (“con afecto y gratitud”, “con todo mi cariño”, “con sincero aprecio”), sino, cuando se trata de un nombre ra...
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Esto de firmar libros no es broma, es cosa seria. El jueves pasado, en una librería de Madrid, Casa del Libro, en plena Gran Vía, me arrojé a los brazos de mis lectores, o ellos se echaron a los míos, y esa fusión amorosa, pródiga en sonrisas y palabras acarameladas, duró tres horas y concluyó no por falta de más lectores avanzando en la fila serpentina, sino porque la librería, ya era hora, cerró sus puertas. Al día siguiente, en un salón del hotel Wellington, en la calle Velázquez, donde me encontraba alojado, de nuevo los lectores y yo nos amamos sin reservas, con desmesura, y aquella ceremonia de seducción, tocamientos y apareamiento, ellos poseyéndome, yo dichoso, dejándome montar, se extendió por cuatro horas y media, y sobreviví gracias a los cafés y las coca colas que, cada tanto, me alcanzaba un camarero servicial.

Mentiría si dijera que la mayoría de los lectores que me mimaron esas tardes intensas y felices eran españoles nacidos en Madrid. Mi editor y sus jefas de prensa, gallardamente a mi lado, dándome ánimos, tomaron nota de que, en total, firmé unos quinientos ejemplares, principalmente de mi nueva novela, “Los golpistas”, pero también de “Los genios”, título que sigue batiéndose con bríos en las ventas. Yo diría que, en números redondos, firmé unos doscientos libros a lectores venezolanos, otros doscientos a peruanos y unos cien a españoles. Es decir que la inmensa mayoría de mis lectores eran, a no dudarlo, venezolanos y peruanos, y el resto españoles, y ya luego unos pocos colombianos, argentinos y mexicanos. Casi todos los venezolanos vivían en Madrid y en otras ciudades españolas y, como era de suponer, habían escapado del infierno en su país, se sentían a gusto en ese país maravilloso y a menudo incomprendido por su propia gente que es España y, sin embargo, añoraban la tierra en que nacieron y aguardaban con ilusión el momento de volver, tan pronto como caiga la dictadura. Mis lectores peruanos, en cambio, estaban encantados de haberse arraigado en Madrid, hablaban ya como españoles, parecían orgullosos de ser más españoles que peruanos y, cuando yo les preguntaba si deseaban mudarse de regreso al Perú, me miraban con extrañeza, como si les hubiese sugerido pasar una temporada en la cárcel, y me decían que ni locos, ni a palos, volverían a ese país donde los políticos son colegas pujantes de los ladrones y los presidentes duran apenas unos meses en el poder, para luego escribir sus memorias en un calabozo y presidir, si acaso, el patio de recreos de una prisión en los extramuros de la ciudad.

Lo más difícil de firmar libros no es escribir en piloto automático una dedicatoria amable (“con afecto y gratitud”, “con todo mi cariño”, “con sincero aprecio”), sino, cuando se trata de un nombre raro, extravagante, escribirlo correctamente. No es infrecuente entonces el siguiente intercambio verbal, previo a la rúbrica: yo preguntaba “a qué nombre debo firmar la novela”, y a continuación el lector me decía “a mi nombre”, como si yo lo supiera de antemano, o como si pudiera adivinarlo, y enseguida yo le preguntaba “y cuál es tu nombre”, y el lector me lo decía, pero no se llamaba Juan o Pedro, sino, por ejemplo, Enrique, y en tal caso, siendo venezolano, podía ser Enrique o Henrique, como Henrique Capriles, como Miguel Henrique Otero, y entonces yo le preguntaba “con hache o sin hache”, aunque mucho más complicado era cuando me decían, por ejemplo, Floribello, que también podía ser Florybello, o Florivello, o Floribeyo, hijo de una Flor y un Plebeyo, y entonces le rogaba al lector que deletrease su nombre bien despacio, sin atropellarse, para escribirlo como sus bienamados padres lo inscribieron en los registros civiles. También tenían su maña, y estos eran habituales en lectores oriundos del Caribe, los nombres improbables que resultaban de la abreviatura de unos padres que se habían amado, por ejemplo, Daneisys, hija de Daniel y Daisy, o Daymer, hijo de Daniel y Mercedes, o Yotuel, la suma afectuosa de Yo, Tú y Él. Otros nombres que me emboscaron fueron Ailed, por Delia al revés, y Naiviv, por Vivian a contramano, o los insuperables Yesaidú, por “yes I do”, o Juan Jondre, por “one hundred”, estos últimos, a no dudarlo, de origen cubano.

De paso por Madrid, acompañado de mi esposa y nuestra hija adolescente, cumplí sesenta y un años. Mientras cenábamos en El Paraguas, donde sirven una merluza a la sidra de ensueño, fue inevitable recordar, al tiempo que comíamos arroz con leche de postre, los años dulces, mágicos, inmortales, de la infancia, aquellos años en una casona en el campo, en las afueras de Lima, en los que leía con voracidad, sin saber que estaba condenado a ser un escritor, y seguía los partidos de fútbol en una radio a pilas, imaginando las jugadas y los goles. Desde entonces ha pasado medio siglo nada menos y, aunque subido de peso y fatigado, sigo siendo un niño tímido que sabe estar solo y, como me enseñó mi madre, no niega una sonrisa a los más necesitados. Enterados mis lectores de que cumplía años, me colmaron de regalos y se confundieron en abrazos conmigo. Recibí libros publicados y por publicar, chocolates, gorras, sombreros, corbatas, camisetas con el rostro del dictador capturado, frutas exóticas como lúcuma y maracuyá y hasta medias blancas y calzoncillos largos, pues mis lectores no ignoran que soy friolero. El problema de recibir tantos libros es que luego no cabían en las maletas de mano, pero mis amigos del hotel los despacharán por correo hasta la isla en la que vivo, al otro lado del mar.

Tal vez el momento más inesperado de aquellos días en Madrid ocurrió al final de la rueda de prensa, en ese hotel señorial, de los toreros, el Wellington, donde ya nos sentimos como en casa. Todos los periodistas que perdieron aquella tarde dos horas conmigo eran españoles, argentinos y venezolanos, ninguno se decía peruano. De pronto, a mi derecha, sentada en la primera fila, mi hija Zoe levantó la mano y, con aplomo, dominando la escena, con voz clara y precisa, en perfecto español, me preguntó, aludiendo a mi novela “Los golpistas”, si todavía hay en América unos políticos que ven con admiración a Hugo Chávez y Fidel Castro, que tienen como arquetipos a ese par de difuntos espadones. Yo sabía que mi hija era muy buena hablando en público, porque suele sobresalir en las competencias de discursos y debates en el colegio, pero de todos modos me sorprendió lo bien que habló, lo bien que enunció la pregunta. Me conmovió de veras. Tal vez extenuado por el cambio de hora y las pocas horas que había descansado, a punto estuve de llorar. Pero no podía decepcionarla con cursilerías de escritor sesentón. Le dije que, por desgracia, hay todavía muchos tontorrones mal informados que están convencidos de que Castro fue bueno para los cubanos y Chávez mejor aún para los venezolanos, y pensé en ciertos políticos venezolanos, argentinos, peruanos, colombianos, cuyos nombres preferí no mencionar, para no viciar el aire noble de ese evento literario. Mejor todavía, Zoe prestó una valiosa colaboración en las firmas de libros, grabando las filas de lectores, editando esos vídeos y subiéndolos a nuestro canal familiar de YouTube. Pronto cumplirá quince años, qué orgullo ser su padre, y los celebraremos, creo, en una playa de Puerto Rico, o en Buenos Aires, ciudad que ella, su madre y yo amamos en las buenas y en las malas, en las duras y en las maduras. Antes, en apenas dos semanas, pasaremos por Lima, donde hemos sido invitados a una fiesta familiar, lo que es una rareza, porque ya no me invitan a ninguna fiesta, pues saben que después sucumbiré a la tentación de contar los secretos de ese festejo, la pequeña historia privada de aquella celebración.

Recuperado de la paliza que me infligí gustoso al firmar centenares de libros de Madrid, y ya en el vuelo de regreso a casa, me digo con entusiasmo que este año me reuniré a menudo con mis lectores. Estaré en Barcelona por Sant Jordi, en las ferias librescas de Bogotá y Buenos Aires, en el encuentro literario de Madrid, parque del Retiro, y en las fiestas de las letras en Lima y Santiago, y en Panamá y Santo Domingo. Iré entonces, como los toreros, de feria en feria, jugándome la vida en cada plaza, entregándome sin reservas al respetable, procurando burlar a ese toro bravo que es la fama, siendo fiel a mi más auténtica y perdurable vocación, la del contador de historias que, solo en la arena, agita el capote de la imaginación para embellecer la vida.

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