Una de las preocupaciones habituales del inmigrante es el empadronamiento. El problema que supone estar o no estar en el censo municipal de tu ciudad o pueblo es de orden casi metafísico: existes o no existes aquí y ahora, eso es lo que dice el padrón de un extranjero cualquiera. Vives, resides o eres del todo invisible al ojo administrativo. Un existencialismo con consecuencias materiales claras y que repercuten de manera concreta en asuntos como la salud, la educación de tus hijos o la posibilidad de aspirar a ser considerado algún día ciudadano. Esto es, ser humano. El padrón es una herramienta que tienen los ayuntamientos para saber cómo es su población y así ajustar mejor las políticas públicas. Las plazas escolares se deciden en función de esos datos, los equipamientos necesarios, los centros para mayores. Para los gobiernos locales debe de ser muy útil saber quiénes son los vecinos que sí están, que sí existen en el territorio que tienes que gestionar. Por todo esto resulta tan perverso que algunos alcaldes se dediquen a usar el empadronamiento como frontera para impedir no la presencia de los indeseables inmigrantes, sino su visibilidad. Con ello se persigue primero su borrado de las estadísticas, su aniquilación burocrática. Se espera que de ese modo tarde o temprano el inmigrante se harte de ser un paria censal y renuncie a que se le reconozca su presencia en el lugar y se vaya a otro sitio a buscar la constatación de su presencia misma.
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