En lo más profundo de una cueva de Galilea, un grupo de arqueólogos ha encontrado lo que podría ser el primer santuario ritual conocido en la historia del Levante.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Cuando los trabajadores de una cantera en el norte de Israel perforaron la montaña en 2008, no imaginaban que estaban abriendo una puerta al mundo espiritual de los primeros humanos modernos. Lo que comenzó como un hallazgo casual pronto se transformó en uno de los descubrimientos arqueológicos más fascinantes de los últimos años: Manot Cave (o Cueva de Manot), un complejo subterráneo con restos de ocupación humana que, más de una década después, ha revelado un espacio que podría considerarse el primer lugar de culto colectivo del Paleolítico en Oriente Próximo.
La investigación, publicada en la revista PNAS por un amplio equipo interdisciplinar liderado por el arqueólogo Omry Barzilai, no solo documenta una roca decorada con patrones geométricos en lo más recóndito de la cueva. También aporta pruebas sólidas de que ese lugar fue usado hace unos 35.000 años para realizar rituales colectivos en una época en la que los humanos apenas comenzaban a organizarse en sociedades más amplias.
Un santuario oculto en la oscuridad
La roca que lo cambia todo no tiene ni la grandiosidad de los templos egipcios ni la riqueza de los mosaicos bizantinos. Pesa unos 28 kilos, está parcialmente cubierta por una costra calcárea y sus grabados, en forma de cheurones y polígonos, solo son visibles si se ilumina desde el ángulo adecuado. Pero lo que le falta en ostentación, le sobra en significado.
El bloque fue hallado a unos ocho niveles por debajo de la entrada de la cueva, en un espacio completamente alejado de las zonas donde se vivía y trabajaba. La sala donde se encontró, protegida por columnas de estalactitas, está separada de la parte doméstica del yacimiento y posee una acústica singular, capaz de amplificar el sonido de voces humanas. Junto a la roca, una estalagmita contenía rastros de hollín, prueba de que el espacio se iluminó intencionadamente con fuego.
Los investigadores están convencidos de que el lugar no fue un simple rincón abandonado. La combinación de factores —la posición de la roca, el entorno oscuro y apartado, los restos de antorchas y la ausencia de herramientas o desechos cotidianos— sugiere que se trataba de un espacio sagrado, pensado para encuentros ceremoniales.

Una tortuga como símbolo ancestral
Pero lo que más intriga a los arqueólogos es el propio diseño de la roca. Aunque abstracta a primera vista, la disposición de los grabados sobre la forma redondeada del bloque parece imitar el caparazón de una tortuga. Esta interpretación, reforzada por comparaciones con arte rupestre de épocas posteriores, apunta a un simbolismo profundo.
En muchas culturas, la tortuga representa estabilidad, protección y creación. Su caparazón, resistente y envolvente, ha sido visto desde América hasta Asia como una metáfora del mundo o de la fertilidad. En el contexto de Manot, su elección como figura central podría tener múltiples lecturas: como tótem, como espíritu protector del grupo o como símbolo de unión social en una época en la que las tribus humanas comenzaban a formar redes más amplias.
Esta posible representación animal es excepcional, ya que apenas se conocen ejemplos similares en el Paleolítico levantino. Hasta ahora, solo un fragmento con un grabado que podría ser un caballo —hallado en Hayonim Cave, también en Galilea— había sido considerado un intento de figuración animal en la región durante este periodo.
¿Los primeros rituales organizados?
Uno de los aspectos más revolucionarios del estudio es que no se trata de una interpretación aislada o especulativa. A través de análisis microscópicos, los investigadores identificaron microarañazos en las ranuras del grabado, compatibles con herramientas de sílex. Luego replicaron las técnicas en laboratorio, usando instrumentos similares a los hallados en la cueva, y comprobaron que era posible reproducir las formas originales. Además, dataron tanto las costras calcáreas como las partículas de ceniza atrapadas en las estalactitas cercanas, situando toda la actividad ritual en un rango que va de 37.000 a 35.000 años antes del presente.
En un espacio contiguo, escondido tras una cortina de espeleotemas, apareció otro indicio significativo: una cornamenta completa de ciervo con señales de manipulación humana. Este tipo de objeto, habitual en ofrendas funerarias posteriores, refuerza la idea de que la zona no solo tenía un uso simbólico, sino que podría haber servido para realizar ritos de paso, iniciaciones o reuniones intertribales.

El hallazgo de Manot encaja con una idea cada vez más aceptada entre los antropólogos: las primeras sociedades humanas se cohesionaron gracias a prácticas simbólicas compartidas. En un mundo en el que los grupos de cazadores-recolectores debían cooperar para sobrevivir, los rituales —aunque rudimentarios— ofrecían un marco para reforzar la identidad colectiva, resolver tensiones y compartir recursos.
El hecho de que un grupo transportara una roca pesada hasta el fondo de una cueva y repitiera gestos simbólicos en torno a ella sugiere un nivel de organización y comunicación más avanzado de lo que se pensaba. No se trataba de un individuo aislado grabando líneas sin sentido, sino de una comunidad actuando en conjunto para dar forma a un espacio sagrado.
Y todo esto ocurrió miles de años antes de la construcción de los primeros templos o del surgimiento de las grandes religiones. La "tortuga" de Manot podría ser, en este sentido, el embrión de lo que más tarde se convertiría en la espiritualidad humana organizada.

Una mirada renovada al pasado
Hasta ahora, los grandes referentes del arte paleolítico y de los rituales prehistóricos se encontraban en Europa: cuevas como Lascaux o Chauvet en Francia, figuras como la Venus de Hohle Fels en Alemania o las esculturas animales de la Suabia. Oriente Próximo, en cambio, parecía carecer de esa dimensión simbólica.
Por ahora, el enigma de la tortuga de piedra sigue abierto. Pero lo que es seguro es que, en la oscuridad silenciosa de Manot, nuestros antepasados ya sabían que el alma humana necesita algo más que herramientas y fuego para sobrevivir: necesita también símbolos, rituales y lugares sagrados.


