Paseamos por la exposición que el Guggenheim Bilbao dedica a la obra poliédrica de Maria Helena Vieira da Silva con la sensación de atravesar un mundo en descomposición, sometido a un desgaste silencioso. Sus cuadros transcurren en una ciudad sin centro ni periferia, donde las líneas nunca llegan a ser avenidas y los edificios dudan entre derrumbarse o resistir. El espacio urbano, en sus cuadros, es un caleidoscopio de formas trabajosamente irregulares, poblado por bailarines exhaustos y jugadores atrapados en partidas de naipes que querrían abandonar. En la pintura de la artista portuguesa, la geometría no es la cuadrícula heroica de las vanguardias, sino un ajedrezado imperfecto y poscubista, hecho de ejes cruzados que prometen simetría solo para traicionarla.
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