
Vuelvo a leer, por pura supervivencia mental, dos libros excelsos del demonizado Savater titulados La infancia recuperada y Criaturas del aire. También el comienzo de Historias de Nueva York de mi amigo Enric González. Dice así: “Si hubiera podido elegir habría visto por primera vez los muelles del Hudson hacia 1960 y habría descubierto una ciudad en la que no había almuerzos sin tres martinis, ni taxistas sin corbata, se fumaba sin filtro y Times Square era Babilonia, no una encrucijada ruidosa envuelta en anuncios luminosos. Aquella de 1960 era una ciudad joven y cínica, arrogante, intacta”. Me cuenta Enric en otra tarde venturosa, como siempre, que va a publicar Historias de París. Yo anhelo su visión humorística, sentida, original de cualquier sitio en el que haya vivido o malvivido. Sus libros son un oasis en medio de infinitas crónicas en los periódicos sobre la nadería, tan mal escritos como pensados, navegando en la concepción subvencionada de que unos son los buenos y los otros, los malos.
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