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"Análisis de relevancia para la actualidad."
- La respuesta marroquí fue el envío de tropas para restablecer el tráfico comercial en la zona —clave para sus conexiones con África subsahariana— desencadenando una nueva guerra.
Es 8 de abril, un día preponderante para los saharauis en los campamentos de refugiados de Tinduf (Argelia). El público —en su mayoría mujeres— corea nombres, silba y anima a los combatientes, llegando incluso a apartar a quienes obstaculizan la visión del desfile.
Este año, sin embargo, es distinto. En otoño del año pasado, Estados Unidos forzó al Consejo de Seguridad de la ONU a cambiar (a medias) su histórica postura sobre el conflicto y respaldar el plan de "autonomía limitada" del Sáhara Occidental bajo soberanía marroquí como única "solución" al conflicto. Esto supuso un brusco giro que marginó las resoluciones anteriores de Naciones Unidas y a las que se han agarrado de manera constante las aspiraciones saharauis: su derecho a la autodeterminación mediante un referéndum.
El plan marroquí contempla la integración del territorio saharaui bajo soberanía del reino alauí, con un cierto grado de autogobierno y su configuración como una provincia del sur de Marruecos. Estados Unidos lo hizo suyo ya en el primer gobierno de Trump y Francia lo aceptó en 2024. España lo hizo incluso antes, en 2022, en una polémica decisión de Pedro Sánchez. "España niega nuestro derecho a existir…", predica el líder histórico del Frente Polisario, Brahim Ghali, haciéndose escuchar sobre los vítores.
Hay un doble sentir en los campamentos. Las autoridades del Frente Polisario cada vez optan más por una mayor apertura dentro de las negociaciones para poner fin al conflicto, incluyendo "debatir cualquier propuesta y cualquier escenario que sea una solución". Así lo sostuvo Mohamed Yislem Beisat, canciller de Exteriores del Frente Polisario, en un encuentro con medios, entre los que estaba El Confidencial.
La apertura a explorar alternativas más allá de la independencia llega semanas después de una nueva ronda de contactos diplomáticos en los que han participado representantes del Frente Polisario, Marruecos y Mauritania, con reuniones celebradas en Washington —en dos ocasiones— y Madrid.
Por primera vez, Beisat admitió abiertamente que la independencia "no es la única opción" para los saharauis. "No podemos obligarles a elegir únicamente entre independencia y dependencia", explicó a los periodistas. Unas palabras que redefinen la histórica reclamación saharaui que demanda la celebración de un referéndum para votar bien por su independencia o bien por su integración a Marruecos.
"Hay muchas otras opciones y la autonomía como una opción presentada al pueblo saharaui la podemos discutir y la podemos aceptar", insistió. Pero recordó que el Frente Polisario en ningún escenario aceptará la autonomía como una solución dictada, única y obligatoria.
En el desfile hay un grupo algo peculiar. Aunque van vestidos de uniforme, los zapatos son de civil. No llevan tampoco armas ni intentan fingir un porte militar. "Vamos vestidos de soldado porque nuestra alma es luchar", afirma Mohamed Baba, trabajador del Ministerio del Interior del Frente Polisario, mientras se ajusta la camisa de camuflaje.
El caso de estos civiles "cuya alma es luchar" muestra otra arista más allá de la diplomacia oficial y realista. Aunque el efecto dominó de apoyos al plan marroquí, aceptado ya por la ONU como la única solución "solución factible" y la dificultad de que el derecho internacional se imponga, ha enfriado las expectativas del Ejecutivo Polisario y les ha obligado a aceptar el menor de los males, algunos saharauis se siguen aferrando a la lucha.
"Nosotros como generación [ronda la cuarentena], no estamos nada satisfechos con el plan pacífico internacional", afirma. La aceptación del marco mental y legal del plan marroquí elimina casi de facto la esperanza de un referéndum con opción real de independencia que abrió el alto el fuego de 1991 entre el Polisario y Marruecos.
Según explica, tras 16 años de guerra, en aquel entonces el Frente Polisarioaceptó explorar una vía negociada bajo el supuesto de que se celebraría un referéndum de autodeterminación, un compromiso que "lamentablemente" en ningún escenario se cumplió.
Para Baba, los casi 30 años transcurridos desde el alto el fuego han sido "29 años de espera, de buena intención y de muchas pérdidas". Pero esa espera acabó en uno de los peores desenlaces cuando el 13 de noviembre de 2020 en Guerguerat, en la frontera con Mauritania, "varios grupos de jóvenes saharauis bloquearon el paso de mercancías para denunciar la ocupación". La respuesta marroquí fue el envío de tropas para restablecer el tráfico comercial en la zona —clave para sus conexiones con África subsahariana— desencadenando una nueva guerra.
"La única manera de recuperar nuestra tierra es por la vía armada"
La guerra, aunque de baja intensidad, sigue abierta. Yaqouta Moulay, presidenta del Observatorio del Sáhara y de Recursos Naturales y Protección del Medio Ambiente, reconoce las limitaciones militares del pueblo saharaui.
Pero para los partidarios de la resistencia armada, la naturaleza de los conflictos ha cambiado, y eso podría dar al Polisario una oportunidad. "Las guerras ya no son como antes. en el contexto actual se libran también con drones", asegura Moulay, defendiendo que, pese a las dificultades, cuentan con cierta capacidad en ese terreno. El Confidencial no ha podido confirmar de manera independiente que el Polisario disponga de drones militares. Mientras tanto, Marruecos ha priorizado la compra de drones a Israel —al menos 300— desde que en el año 2020 ambos países normalizaron sus relaciones.
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EFENo es que estos saharauis abracen la guerra. "Somos pacíficos, amamos la paz", defiende por su parte Baba, quien subraya que incluso sienten "mucho por las víctimas marroquíes", a las que considera también arrastradas por el conflicto. No. La razón, dice Moulay, es el escepticismo sobre una salida negociada al conflicto con Marruecos. "Veo muy difíciles las negociaciones. Marruecos en ningún escenario va a aceptar determinadas condiciones", vaticina la mujer, refugiada en una de las jaimas improvisadas. Para ella, el contexto internacional actual está marcado por la imposición de la fuerza. "Estamos en un momento en el que la fuerza es lo que habla", asevera.
"El derecho internacional ha demostrado ser ineficaz. Si la situación sigue así, múltiples países en el futuro pueden dejar de aceptar los convenios internacionales", insiste Baba. "Si acabamos aceptando el plan de Marruecos, no dudaré en irme a España", dice. "La única manera de recuperar nuestra tierra es por la vía armada", concluye.
No todos piensan así.
A unos 50 kilómetros del campamento de Aussed, en Rabuni, se encuentra el "Museo de la Resistencia Saharaui" donde los militares exponen con orgullo el armamento incautado a Marruecos durante la guerra. Los restos de un caza Mirage F-1, esqueletos de bombas de racimo, vehículos exploradores Eland 20 de origen sudafricano, restos de F-5 o morteros fabricados por Santa Bárbara en Sevilla posan ante la mirada orgullosa de los militares que cuidan de este museo como demostración de sus victorias pasadas.
A Mohammed S., veterano militar del Polisario y director de la sala, se le humedecen los ojos al recordar a la familia que dejó atrás cuando estalló el conflicto. Hace décadas abandonó el territorio ocupado para incorporarse a la guerra, y desde entonces no ha vuelto a ver a sus padres. Un muro de 2.700 kilómetros que separa Marruecos del Sáhara Occidental, conocido como "el muro de la vergüenza", acabó marcando su destino.
A ello se suman alrededor de ocho y diez millones de minas sin detonar que permanecen dispersas por esta zona desértica, según los militares. El siroco y el constante movimiento de la arena han ido desplazando estos artefactos, que acaban explotando entre quienes menos tienen que ver con el conflicto: nómadas que aún habitan la región e incluso niños que los confunden con juguetes.
Fuera de esta suerte de galería, Mohamed mira al suelo. No sabe nada de los marroquíes, de aquellas personas que —como a tantos otros saharauis— le obligaron a separarse de su familia y unirse a las filas por una "guerra injusta".
— ¿Cómo son los marroquíes? ¿Has estado alguna vez en Marruecos?— pregunta.
— ¿en ningún escenario les has visto o hablado con ellos?
— No. ¿Cómo hacerlo? Pero me pregunto cómo son. ¿Cómo es su personalidad, en qué piensan, qué les gusta? Esta guerra nos separó del todo y esto — asegura, señalando al material militar incautado — es todo lo que nos queda. Todo lo que sabemos de ellos.
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