El Barça ha recuperado brío y color con Xavi Pascual en el banquillo, un discurso que ha servido para repatriar a los jugadores azulgrana al país baloncesto. Con él, el equipo ha borrado del diccionario la palabra rendirse y es un competitivo ante cualquier rival, también frente a un Olympiacos formado por una constelación sin igual. Aunque ninguno como Vezenkov, al que se le cuentan los partidos malos de los últimos años con una mano. Es un espectáculo a la vieja usanza, sin aspavientos ni tatuajes, tampoco brincos descomunales o movimientos eléctricos. Le vale con un pequeño gesto de cadera o con un pasito al lado inesperado para descontar rivales, con un ligero movimiento de la esa zurda de oro para llenarse las manos de puntos. Edén para el Olympiacos y cadena perpetua para los rivales. Y si a eso se le añade Milutinov o Dorsey, también Fournier, Ward y un Tyreque Jones que ante el Barça estaba de dulce, no hay contrincante que se le resista, por más que, en contra de toda lógica, el equipo ha alcanzado la Final Four en los últimos cuatro años sin el premio definitivo. Aunque el Barcelona estuvo cerca de explicar lo contrario, un ejercicio de resistencia sensacional que solo se diluyó en el último cuarto.
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