Carnicero de profesión y técnico por afición, Luis Cuevas decidió llevar a su equipo de chavales de 10 años del Deportivo Luján a las pruebas que hacía River Plate en la provincia de Resistencia. Entre los cerca de 1.000 niños que se acercaron, uno destacó sobre el resto, menudo y habilidoso, descarado y con tanta imaginación con la pelota en los pies como inteligencia sin él. “Yo amo a River y si me llevan, algún día voy a jugar en Primera”, resolvió entonces con un exceso confianza. Un discurso que, sin embargo, los ojeadores habían escuchado otras muchas veces. Y, aunque Claudio Diablito Echeverri (Resistencia, Argentina; 20 años) cumplió con su palabra, lo que les sorprendió fue lo que se encontraron al cruzar el umbral de su casa, al entrar en la habitación del niño tras la persistencia de sus padres, Domingo y Rosa. Ojipláticos, vieron que las cuatro paredes eran un santuario a su club, con banderas, pósteres, cromos y camisetas, todo lo posible en blanco y rojo. Un amor fiel que por poco frustra la cesión del jugador del Manchester City al Girona, después de que su primer paso europeo por el Bayer Leverkusen saliera torcido. Pero Echeverri, tras liberar el club la plaza de extracomunitario de Solís -traspasado al Birmingham inglés- ya juega con el Girona, de momento dos sorbos (27 minutos ante el Getafe; 21 contra el Oviedo), y ahora apunta a Sevilla (18.30. Dazn).
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