
Los pueblos tienen personajes que, por sus hazañas, ocurrencias o simple manera de ser, trascienden su tiempo y pasan de generación en generación. No figuran en estatuas ni en libros oficiales, pero sobreviven en la memoria oral. Río San Juan tuvo uno de esos hombres: Mauricio Martínez.
Hijo de Vicenta y hermano de Zacarías, Gabriel y Juan —el popular Manito Juan—, Mauricio vivió siempre en el barrio El Matadero, detrás de Rafael Martínez y frente a la vieja planta eléctrica. Pescador de atarraya en la playa abajo y fabricante de lazos de majagua cuando el mar se mostraba esquivo, hizo de la necesidad una forma de ingenio.

Era delgado, de caminar rápido y casi siempre descalzo. Solo usaba zapatos cuando su amigo Leonel Cedeño lo invitaba a viajar a pueblos como Santiago, Puerto Plata o la Capital. En su vocabulario no existían los nombres propios: a todos les decía “Vale”. Y así mismo lo llamaban sus amigos, en una especie de igualdad afectuosa que borraba jerarquías.
Su vida estuvo marcada por la pérdida temprana de su primera esposa, madre de sus hijos Melliso, Rosa, Angelina y la recordada Currundingo. Tras enviudar, dejó la casa a su madre y a los muchachos, y levantó otra en el cabo que limita al oeste la playa de Mino, donde vivió con su compañera Ramona.
Repetía como filosofía personal: “Para comida perdía, barriga partía”, principio que lo llevó a rescatar lo que otros desechaban y a no desperdiciar nada que pudiera servir. Sin embargo, había una excepción innegociable: no comía carne de chivo. Decía que la reconocía con solo olerla.
Entre el mar, el monte y el barrio, Mauricio construyó una leyenda hecha de astucia, humor y resistencia. No fue héroe de grandes gestas, sino protagonista de pequeñas epopeyas cotidianas que hoy forman parte del imaginario de Río San Juan.
Las páginas que siguen recogen algunos de esos episodios, no para engrandecerlo, sino para que la memoria no lo borre.
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I-. Mauricio y los huevos de garzas
En la desembocadura de la Laguna Gri-Gri, donde los manglares levantan sus raíces como trampas naturales y miles de garzas anidan sobre las copas verdes, Mauricio protagonizó una de sus escenas más comentadas.
Aunque solía salir de aventuras con su sobrino Ramón Rivas —mejor conocido como Chololo—, aquel día andaba solo. Subió al mangle con agilidad y comenzó a llenar una funda con huevos de garza. Todo marchaba bien hasta que el pie le resbaló.
La caída fue aparatosa.
Quedó enterrado en el fango, atrapado entre raíces, hundido hasta los hombros, aturdido y con el cielo dando vueltas sobre su cabeza.
Entonces vino el escándalo.
Un grupo de garzas comenzó a revolotear encima, chillando como si anunciaran la noticia:
—¡Se cayó Mauricio…! ¡Se cayó Mauricio…!
Otras, con un graznido más grave y pausado, repetían:
—¡Chololo…! ¡Chololo…!
Como si llamaran al compañero habitual que esa vez no estaba.
Mauricio, todavía mareado, trataba de incorporarse cuando una garza descendió y se le posó en el hombro. Lo miró ladeando el cuello y soltó, con claridad que el pueblo todavía jura haber oído:
—¡Qué jumaso, vale… qué jumaso!
Dicen que fue el golpe. Otros que fue el manglar haciendo leña del caído.
Pero lo cierto es que, cuando logró desaturdirse, levantó la vista y recordó la funda. Sin saber que tenía tres costillas rotas, volvió a trepar el mangle y recuperó los huevos.
Después sí se quejó.
Porque Mauricio podía caerse, podía romperse… pero dejar perder la comida, jamás.
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II. La guinea
Mauricio salió temprano hacia los montes, con el paso sigiloso del que conoce cada vereda. Decía que iba “a ver cómo andaban los conucos”, pero en el fondo era una manera elegante de pasar inventario a lo que la tierra ajena ofrecía. No era robo —según su lógica— sino ajuste natural entre necesidad y abundancia.
El sol apenas comenzaba a subir cuando divisó varias guineas salvajes escarbando entre la maleza. Se detuvo. Observó. Calculó. Y como quien resuelve un problema doméstico, pensó en la cena.

Sin perder tiempo, tomó un pedazo de soga que llevaba enrollado en la cintura y preparó una trampa improvisada. Mauricio no necesitaba manuales: su escuela había sido el monte. Armó el lazo con paciencia y se apostó a esperar.
La paciencia era una de sus armas secretas.
Después de un rato, cuando las guineas bajaron la guardia, logró atrapar una. La aseguró con la soga, le amarró las patas con firmeza y la colocó a su lado, satisfecho. Ya resolvía mentalmente cómo la prepararía: asada, quizás, con algo de yuca hervida.
Y como la comida nunca viene sola, decidió aprovechar el momento para arrancar un plantón de yuca cercano. Se agachó, hincó la coa y comenzó a halar con fuerza.
Fue entonces cuando sintió el silencio.
Volteó la cabeza.
La guinea, que parecía rendida, se había desamarrado con una habilidad inesperada. En un batir repentino de alas, levantó vuelo y se perdió sobre el monte, libre y ligera.
Mauricio se quedó mirándola alejarse. No corrió. No maldijo. No hizo escándalo. Se incorporó despacio, se limpió el sudor con el antebrazo y, con esa serenidad que solo da la costumbre de perder y seguir, murmuró:
—Total… tú estabas flaquísima.
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III. La picúa con ciguatera
Mauricio tenía una sola ley cuando se trataba de comida:
—“Para comida perdía, barriga partía”.
En el matadero, que estaba ubicado casi frente a su casa, si lanzaban un cerdo al mar por orden del inspector de sanidad, él se tiraba detrás, lo rescataba y lo aprovechaba. Asado, salado o secado al sol. Nada se perdía.
Con esa misma valentía enfrentó la picúa de Hilario Bonilla.
Hilario pescó una barracuda hermosa, pero sospechosa. La picúa suele traer ciguatera, y nadie quería ser el primero en comprobarlo.
—“Vale, tome este pedazo y me deja saber cómo estaba” —dijo Hilario, cortando el pescado en dos.
Mauricio aceptó… pero quiso ser astuto. Guardó su parte en la nevera y al día siguiente fue a preguntar:
—¿Y la suya?
Hilario, con su pedazo todavía crudo en el refrigerador, respondió firme:
—“Buenísima. La guisé con coco”.
Mauricio no esperó más. Volvió a casa, frió su mitad y cenó con orgullo.
En la noche comenzó el desfile: dolor de barriga, vómitos, dolor en las coyunturas y una carrera constante hacia la letrina. Dicen que, para no perder tiempo con pantalones, se envolvió en una sábana blanca. Y lo único que se veía en la oscuridad era un fantasma apurado cruzando el patio.
Al otro día, Hilario botó su parte sin probarla.
Y aunque Mauricio siguió repitiendo su frase de guerra, en el barrio añadían con malicia:
—Sí, vale… pero no toda comida perdida merece barriga partida.
(Continúa en la próxima entrega)….

