En la última entrega de Cruce de Cables de RNE estuvimos David y yo hablando de Cómo pasamos de programar las máquinas a pedirles favores. Y es que, durante décadas, usar un ordenador significaba pensar como la máquina, aprender su peculiar lenguaje, comandos exactos, sintaxis rígida… Hoy el enfoque se ha invertido. Ya no programamos tanto como pedimos o preguntamos: «escríbeme un texto», «recomiéndame un restaurante», «¿cuál es la población de Argentina?».
El audio está aquí:
- Cómo pasamos de programar las máquinas a pedirles favores [a partir de 19:00].
Ya no codificamos el procedimiento; la generación actual describe lo que quiere hacer y conversa sobre ello. La tecnología moderna, con los asistentes (Siri), buscadores semánticos (Google) y modelos generativos (ChatGPT) nos traduce esos deseos en acciones. La máquina ya no espera instrucciones detalladas, sino algo de contexto con el que manejar sus estadísticas internas. Porque, recordemos, las IA no «entienden» sino que calculan.
El caso es que aquí aparece un giro interesante: sabemos menos de cómo funciona la tecnología, pero le exigimos más. Queremos que acierte, que se anticipe, que tenga criterio. Muchas veces incluso nos sorprende con esa anticipación, como en los autocorrectores o en los modelos generativos. Así que cuando falla, nos desconcierta más que un error clásico, porque no sabemos dónde estuvo el fallo: ¿en la petición?, ¿en el modelo?, ¿en nuestros supuestos? No es raro que la persona acabe diciéndole a Gemini «deja de mentirme», «no me tomes el pelo», «me dices que me mandas las fuentes de la información y no funciona ninguna»… ¡La vida moderna!
Esto deja muchas preguntas de fondo:
- ¿Pedir cosas a las máquinas nos hace más productivos o más dependientes? Probablemente ambas cosas a la vez; es parecido a usar GPS: llegas antes, pero pierdes sentido de orientación.
- Si no entendemos el proceso interno de la IA, ¿en qué basamos la confianza? En la coherencia aparente del resultado. Confiamos cuando la respuesta «suena bien», pero nos arriesgamos a enfrentarnos a una alucinación de la IA, una falta de verificación de datos o alguna otra tontá. Eso penaliza el pensamiento crítico: los errores elegantes son tanto o más peligrosos que los obvios.
- ¿Educamos para pensar mejor o para pedir mejor? Cada vez más, lo hacemos para pedir mejor. Enseñamos a formular prompts, a afinar solicitudes… pero no siempre a cuestionar lo que devuelven. Saber pedir es útil, pero pensar implica saber cuándo no aceptar una respuesta, aunque sea rápida y cómoda.



