Los dogmas políticos embarrancan siempre en contradicciones. Porque resulta muy complicado aplicar una doctrina firme sobre algo tan flexible como es la sociedad. Además, el componente de capricho en las actuaciones humanas no se puede despreciar, porque significa la más alta traslación del espíritu al acto cotidiano. Todo aquello que hacemos por capricho nos delata y nos explica mejor que tanta soflama y pantomima en redes para parecer quienes no somos. A menudo vemos a gente tirarse de los pelos de incredulidad porque no entienden que el voto de una parte importante de la clase obrera haya virado hacia la derecha conservadora por la animadversión ante la llegada de los inmigrantes. Y, sin embargo, forma parte de esa mutación constante de la sociedad, receptiva a que le doren la píldora. El impacto migratorio, es evidente, favorece al desarrollo económico del país, por eso debería ser la patronal la que demandara constantemente desde su posición de poder la regularización de aquellos que pululan por el país sin permiso de trabajo. Sin embargo, cuando lo hacen, si es que lo hacen, lo hacen en voz tan baja que nadie les escucha. De este modo, el discurso de la ultraderecha pocas veces afea a los empresarios la demanda de mano de obra extranjera, que sería el efecto llamada del que tanto hablan, sino que se centra en seguir culpando a los más débiles por querer revertir su destino cruel.
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