Nos hemos alejado de las buenas intenciones iniciales y acabamos confundiendo democracia con votar. Durante 1945, la idea de democracia se asoció a algo más que a elecciones: implicaba un compromiso con la igualdad y con la protección frente a los efectos excluyentes del mercado y de la competencia. Se incorporaron así en las constituciones de la posguerra sistemas de derechos sociales, negociación colectiva e instituciones internacionales que intentaban evitar que los inevitables conflictos se desbordaran. Esa arquitectura no era perfecta, pero transmitía la idea de que las mayorías podían influir en el rumbo de sus sociedades y que existían “amortiguadores” frente a las crisis. Nosotros llegamos tarde a ese modelo, pero llegamos. Ahí está el artículo 9.2 de nuestro texto constitucional, que hace referencia a la participación política, social y cultural de los ciudadanos.
Seguir leyendo
