Recuerdo un taller de teatro con Uta Hagen en Nueva York. En medio de una escena intensa, una joven actriz se congeló, frustrada. Su personaje acababa de perder a su madre y no conseguía encontrar la emoción necesaria para encarnar ese dolor. “Nadie ha muerto nunca en mi vida”, dijo. “No puedo sentir ese dolor”. Uta la miró con incredulidad: “¿Nadie? ¿Nunca has tenido una mascota?”. Fue como si hubiera pulsado un detonante emocional. La joven rompió en llanto al recordar a su gata de la infancia, muerta años atrás. Ahí estaba el duelo, latente, esperando ser reconocido. Esa escena se me quedó grabada. Quizás porque yo también lloré la muerte de Mafalda, una caniche toy, como se llora la pérdida de un familiar.
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Los animales y la familia Freud
— Desde Sigmund Freud y Anna, su hija, que encontraban consuelo en la compañía de sus perros, hasta su nieto Lucian, cuya musa más constante, el whippet Pluto, pervive en su obra pictórica, el vínculo con los animales ha sido un hilo conductor en la historia de la familia. Esther, hija del artista, le dedicó una oda a Pluto en la que le pregunta: “¿Sabías que mientras duermes él te dibuja? ¿Sabías que eres uno de los perros más famosos del mundo?”.
