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- Son recuerdos y sensaciones de los viajes que en tiempo de paz hice a la “zona de exclusión” de la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania.
Un error humano en el reactor nuclear número 4 provocó dos explosiones en la madrugada del 26 de abril de 1986. Fue el peor accidente nuclear de la historia, que dejó escapar a la atmósfera 190 toneladas de elementos radiactivos. Ese mismo día 31 personas, incluidos trabajadores de la planta y bomberos, fueron evacuadas a Moscú. Murieron en menos de un mes. Las primeras víctimas del accidente, pero no las únicas.
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Al día siguiente, las autoridades dieron orden de evacuar la ciudad de Prípiat (47.000 habitantes), construida para los trabajadores de la planta y sus familias a tan solo tres kilómetros de distancia. “Oficialmente, la evacuación general no se produjo hasta el 4 de mayo. Ese domingo (día 27) me llevé a mi hijo, de 9 años, a Kyiv en mi sidecar. El lunes volví y seguimos dando clases”, me manifestó hace unos años Evgueni Markévich, que era profesor de tecnología en un instituto de secundaria de Chernóbil, la población que da nombre a la planta, a 18 kilómetros.
El gobierno de la URSS decretó una zona de exclusión alrededor de la central, al menos 2.600 kilómetros cuadrados en un radio de 30 kilómetros, donde vivían unas 400.000 personas. En 1986 y años posteriores, las autoridades soviéticas les ofrecieron vivienda en diferentes poblaciones del país.
También había que tapar el reactor y descontaminar la zona. Los encargados de hacerlo fueron los “liquidadores”, unas 600.000 personas, héroes voluntarios en múltiples casos, atraídos por la buena paga en otros, pero cuyo trabajo salvó al mundo de consecuencias mucho peores.
La catástrofe de Chernóbil dejó Prípiat y su parque de atracciones suspendido en el tiempoGetty Images/iStockphoto
“El monstruo estaba echando fuego por la boca y había que taparlo con lo que fuera. El hormigón funcionó”, me explicaba en el 2011 Alexandr Konoplyov, físico nuclear que como especialista voluntario trabajó como coordinador de liquidadores. Se construyó un sarcófago de hormigón armado, que con el tiempo hubo que cambiar. En el 2016 se instaló el actual, una estructura móvil con forma de arco de 110 metros de altura y 30.000 toneladas de peso que aislará la zona durante 100 años.
“Las condiciones de trabajo eran espantosas. Vestidos con trajes especiales, teníamos que levantar un muro, pero trabajando solo tres o cuatro minutos cada vez, porque toda esa radiactividad se te metía en el cuerpo y quedabas muy debilitado”, decía en el 2006, año del 20.º aniversario, el ingeniero Vladímir Usatenko, quien trabajó 62 días en el reactor dañado.
Se sigue desconociendo con exactitud, y es objeto de intenso debate, el número de personas que fallecieron en los años siguientes a causa de enfermedades oncológicas causadas por la radiación. Pero sigue afectando a miles de habitantes de Ucrania, Rusia y Bielorrusia, y esta última es la más perjudicada con el 70% de los 150.000 kilómetros cuadrados de terrenos contaminados.
Un piano abanfdonado en una sala de conciertos de PrípiatTerceros
A pesar de lo ocurrido, no todo el mundo hizo caso a la orden de evacuación. Otros no se adaptaron a sus nuevas viviendas y regresaron. En total, se quedaron viviendo de forma ilegal en la zona de exclusión de Ucrania unas 1.200 personas, la mayoría mayores, de los que en el contexto actual se estima pueden quedar poco más de un centenar.
Una de estos llamadossamoseli, Valentina Kujárenko, me explicaba en el 2016 que ella se camufló: “A los que trabajaban aquí no les tocaban, así que intenté hacerme con un uniforme. No estaba completo, así que me preguntaban: ‘¿Tú estás con la brigada militar?’, y yo respondía que sí”.
La nostalgia ha empujado a otros a regresar, aunque de forma temporal aprovechando el auge del turismo de “aventura” de las últimas décadas. Cuentan los guías de estas excursiones que algún vecino de Prípiat regresó solo para ver su antiguo colegio.
El presidente ruso, Vladímir Putin, rindió homenaje esta semana a los liquidadores por su “valor sin igual”. Una encuesta del Centro de Estudios de la Opinión Pública ha indicado que el 75% de los ciudadanos rusos descarta que se repita una catástrofe similar en el futuro y confía en la seguridad.
El ejército ruso se hizo durante varias semanas con el control de la central de Chernóbil al invadir territorio ucraniano en febrero del 2022. En febrero del 2025, un dron impactó en el sarcófago y abrió un boquete de 15 metros. Esta semana Kyiv ha denunciado que los misiles rusos han sobrevolado el cielo de este y otro complejo nuclear ucraniano durante los más de cuatro años de guerra.
Ucrania cerró en el 2000 los reactores 5 y 6, los últimos que funcionaban. El monstruo radiactivo hoy está confinado, pero dejó una cicatriz inquietante.






