Cheburashka es un oso de peluche con cara de bebé, corazón de oro y orejas gigantes. Los niños soviéticos lo amaban y su nuevo film recaudó 94 millones de dólares. También despertó una polémica nacional.
Porque Rusia sigue en guerra y los conservadores afirman que están en un punto crucial: no es tiempo de ver películas infantiles de ositos. Los políticos conservadores advirtieron que si continúa esta malsana obsesión nacional por Cheburashka “Dios nos maldecirá sin duda”. Aleksandr G. Dugin, un influyente político del Kremlin, publicó “Cheburashka, o la metafísica de la desintegración” donde lo describió como el provocador de “más profundo malestar metafísico y estético”.
Se dirá que todo esto es una exageración, pero el alma rusa es extrema hasta para hablar de sus peluches. Se dirá que esto es un cliché, pero para Emmanuel Carrère “los tópicos sobre Rusia son siempre ciertos, e incluso cualquier juicio sobre Rusia que no sea un tópico tiene todos los números de ser falso.”
Y además:
¿O Cheburashka o Rusia? Que haya sido demonizado por el ala conservadora del Kremlin no quita que muchos soldados que están luchando en Ucrania lleven un pin con su rostro prendido en el uniforme, o su figura adherida a sus cascos; la infancia, esa segunda patria, a veces es más fuerte que la primera.
