Abril de 1924. La ciudad de Bruselas acoge una nueva edición de la Feria Internacional del Comercio, donde fabricantes procedentes de más de una veintena de países acuden a mostrar los últimos avances en su sector. Allí coinciden dos industriales belgas, Armand Desaegher y Octave Aubecq, uno especialista en hierro fundido y otro en esmaltado, que comienzan a darle forma a la que acabará siendo una de las cacerolas más icónicas del siglo XX. Sin saberlo, estaban sembrando la semilla de un imperio de utensilios de cocina centenario.
Seguir leyendo

