Las imágenes de aquel septiembre de 1982 dieron la vuelta al mundo. En los muelles británicos, entre rostros jóvenes marcados por el cansancio y banderas agitadas por las multitudes, los soldados regresaban de la guerra de las Malvinas como vencedores. Y entre ellos había alguien cuya presencia condensaba la narrativa completa del conflicto: el tercer hijo de la reina . Isabel II, tan disciplinada en la contención emocional que exige la Corona y tan fiel a la sobriedad pública británica, no pudo, o quizá no quiso, disimular el orgullo materno que reflejaba su amplia sonrisa cuando se reencontró con Andrés, de apenas 22 años.Para comprender el impacto de esas imágenes es necesario recordar el clima de incertidumbre que había envuelto su partida. Cuando Argentina invadió las islas, el Reino Unido respondió con una fuerza que debía operar a miles de kilómetros de distancia, en condiciones meteorológicas extremas y sin bases cercanas. Entre los oficiales destinados al portaviones HMS Invincible se encontraba el Príncipe Andrés, entonces subteniente de la Fleet Air Arm, f ormado como piloto de helicópteros Sea King .A diferencia de otros miembros de familias reales europeas que desempeñaban funciones militares principalmente ceremoniales o alejadas del combate, él insistió en permanecer con su unidad. El Gobierno de Margaret Thatcher sopesó retirarlo del despliegue por motivos de seguridad, pero finalmente se decidió que continuara en operaciones.Noticia relacionada No No El fantasma de Epstein también persigue a la élite política de Europa Rosalía SánchezDurante el conflicto, el Sea King en el que servía como copiloto cumplió misiones de evacuación médica, transporte de tropas y suministros entre buques, enlace logístico y también operaciones de señuelo destinadas a reducir el riesgo de ataques con misiles antibuque. Estos helicópteros volaban a muy baja altura sobre el mar, en condiciones meteorológicas extremadamente adversas y con un elevado nivel de riesgo operativo.Mientras tanto, en Londres, la guerra se seguía con una mezcla de preocupación nacional y, dentro de Buckingham, también personal, ya que Isabel II se enfrentaba a una preocupación excepcional al tener a un hijo desplegado en combate. Cuando el conflicto terminó, los británicos no solo celebraban una victoria militar, sino la restauración de una autoestima colectiva que se percibía erosionada desde la crisis de Suez y las dificultades económicas de los años setenta. En ese contexto, la figura del joven Príncipe uniformado adquirió un poder simbólico extraordinario, pues representaba la idea de que la monarquía compartía los riesgos y sacrificios del país, con aquella madre y reina recibiendo a su hijo sano y salvo.El niño descrito como travieso que llenaba de energía los pasillos de palacio, el tercero de cuatro hermanos en una familia marcada por la rigidez del deber, fue durante años considerado por muchos observadores el favorito de la soberana. Con frecuencia se le retrataba como el más espontáneo y rebelde, el más cercano afectivamente, el que parecía menos condicionado por el peso del destino que recaía sobre el heredero, Carlos, por la independencia de la princesa Ana o por el carácter más reservado del menor, Eduardo.Boda con Sarah FergusonTras el conflicto, recibió la medalla de campaña del Atlántico Sur y otros reconocimientos derivados de su servicio. La prensa británica reforzó entonces su imagen como veterano de guerra, una reputación que lo acompañaría durante años,hasta que su vida privada comenzó a eclipsar su trayectoria militar. Así, la vida pública del entonces Príncipe seguiría una trayectoria descendente que acabaría desembocando en el descrédito actual. En 1986 se casó con Sarah Ferguson en una boda en la Abadía de Westminster que atrajo a millones de espectadores y consolidó la imagen de una pareja joven y cercana capaz de renovar la institución. Durante aquellos años, Andrés gozaba de una elevada popularidad dentro de la familia real, en contraste con las tensiones que rodeaban al matrimonio del Príncipe Carlos y Diana de Gales.El matrimonio se deterioró con rapidez. La separación llegó en 1992, el llamado 'annus horribilis' de Isabel II, y el divorcio se formalizó cuatro años después. Pese a ello, ambos mantuvieron una relación muy cercana y una estructura familiar centrada en la crianza compartida y bajo el mismo techo de sus hijas, Beatriz y Eugenia.Pero ya entonces se encontraban en el centro de episodios frívolos o embarazosos, como la publicación de unas fotografías tomadas durante unas vacaciones en Francia en las que Ferguson aparecía en toples junto a una piscina mientras un asesor financiero estadounidense le besaba los pies, imágenes que dieron la vuelta al mundo y dañaron la reputación del Príncipe.A ello se sumaba la fama que lo acompañaba desde su juventud. Durante su etapa en la Marina Real, la prensa británica lo apodó 'Randy Andy' , un juego de palabras que alude a alguien sexualmente muy activo o proclive a las aventuras amorosas. Mucho antes de que su nombre quedara vinculado a Jeffrey Epstein, su círculo social ya suscitaba comentarios en la prensa y en determinados ámbitos diplomáticos por la presencia de figuras consideradas controvertidas o excéntricas, desde magnates de reputación ambigua hasta intermediarios financieros poco transparentes o empresarios cuya proximidad a la Corona resultaba incómoda.Antes incluso de que su nombre quedara asociado a Epstein, su círculo social ya generaba comentarios por la presencia de figuras controvertidasLas críticas se intensificaron durante su etapa como representante especial para comercio e inversión internacional entre 2001 y 2011. Sus frecuentes viajes oficiales estuvieron rodeados de polémica por su elevado coste, las estancias en hoteles de lujo, el uso de vuelos privados o chárter y el amplio dispositivo de seguridad. La prensa lo bautizó entonces como 'Airmiles Andy', en alusión irónica a los programas de fidelización aérea, para subrayar la percepción de un estilo de vida itinerante y oneroso.A ello se añadieron otros episodios. En 2010, cables diplomáticos estadounidenses filtrados por WikiLeaks contenían valoraciones poco favorables sobre su estilo poco diplomático , lo que avivó las críticas a su idoneidad como representante internacional. Ninguno de estos incidentes constituía por sí solo una crisis institucional, pero en conjunto contribuyeron a erosionar progresivamente su imagen.Después, su relación con el delincuente sexual Jeffrey Epstein empezó a suscitar inquietud. El financiero estadounidense, condenado en 2008 por delitos sexuales contra menores de edad, había cultivado una red de contactos entre políticos, magnates y figuras pública s, a quienes ofrecía asesoramiento financiero, donaciones o conexiones sociales. Andrés lo conoció a finales de los noventa a través de círculos de la alta sociedad, en particular Ghislaine Maxwel l, colaboradora y pareja de Epstein, actualmente en prisión por tráfico sexual de menores. Durante años, la relación entre ambos fue presentada como una amistad dentro de un amplio entorno social, pero la persistencia de los contactos tras la condena del financiero resultó cada vez más difícil de justificar.Imágenes con Epstein tras salir de prisiónLas críticas se intensificaron cuando salieron a la luz fotografías del Príncipe paseando con Epstein en Nueva York en 2010, dos años después de que este saliera de prisión. La controversia culminó con su renuncia al cargo de enviado comercial, pero eso no cerró el asunto, sino que lo desplazó hacia un terreno más delicado: las acusaciones directas de abuso sexual. Virginia Giuffre, una de las víctimas de Epstein , afirmó que había mantenido relaciones sexuales con Andrés cuando era menor de edad.El Príncipe negó las acusaciones, y su decisión de conceder una entrevista televisiva a la BBC en 2019, destinada a aclarar su versión, tuvo el efecto contrario. La entrevista fue ampliamente considerada un desastre comunicativo, lo que desencadenó una reacción pública de condena y la retirada de sus funciones oficiales.A partir de entonces, su vida pública se redujo drásticamente. Perdió patronazgos, títulos honoríficos militares y cualquier papel dentro de la familia real. En 2022 alcanzó un acuerdo extrajudicial con Giuffre en una demanda civil en Estados Unidos, sin admisión de culpabilidad, pero con un coste reputacional irreparable.Los documentos judiciales divulgados recientemente por Estados Unidos reactivaron el escrutinio sobre sus vínculos con Epstein, tanto en el plano personal como en el financiero y profesional.Ferguson y las princesas de York, muy afectadas por el escándalo Mientras la atención pública se concentra en el expríncipe Andrés, la sacudida alcanza también a su círculo más íntimo, formado por su exesposa, Sarah Ferguson, y sus hijas, las princesas Beatriz y Eugenia, que han mantenido con él una relación estrecha pese a las controversias acumuladas durante décadas. Ambas hermanas, ya con familias propias, han optado por preservar la normalidad para sus hijos y mantener un perfil extremadamente discreto. Ferguson, por su parte, ha evitado apariciones públicas. Aunque no está acusada de delito alguno, se han reavivado las preguntas sobre si podría ser llamada a declarar en el marco de la investigación por su relación social con Jeffrey Epstein. Ferguson conocía desde los años 90 al magnate pederasta, que llegó a ayudarla económicamente y a quien calificó como «un hermano» en un correo electrónico. De momento, lo único que ha trascendido en la prensa británica es que tanto las princesas, que conservan sus títulos, y su madre están «muy afectadas» por la detención de Andrés.Su detención esta semana por sospecha de mala conducta en el ejercicio de un cargo público marca el punto más bajo de esa trayectoria descendente. La investigación gira en torno ala posible transmisión de información confidencial, en un contexto más amplio de revisión de los archivos y de otras líneas de investigación, incluida la posibilidad de que aeropuertos londinenses fueran utilizados para facilitar el tráfico de personas vinculado a la red de Epstein. Su liberación horas después no mitigó el impacto simbólico de ver arrestado al hijo de una reina.Y, a diferencia de crisis anteriores, esta se desarrolla en un escenario radicalmente distinto, porque Isabel II ya no está. Durante décadas, la monarca había ejercido una protección discreta pero constante sobre su hijo, pero su muerte en 2022 eliminó ese escudo invisible . Carlos III, comprometido con una monarquía más reducida y con estándares de responsabilidad pública más estrictos, ha mostrado escasa disposición a intervenir en su favor y ha insistido en que la ley debe aplicarse a todos por igual. Así, el contraste entre las imágenes de 1982 y las actuales resulta dolorosamente elocuente.Y a sus 66 años, quizá por primera vez en su vida adulta, el expríncipe ya no cuenta con la figura que durante décadas representó un refugio inquebrantable. La madre que lo recibió como héroe de guerra, la Reina que lo protegió bajo sus alas y que, según algunos biógrafos, mostró hacia él una indulgencia cercana al punto ciego, ya no está para amortiguar su lenta caída.

