
Hubo un tiempo —o quisimos convencernos de que lo hubo— en que la tortura parecía un fósil moral, una reliquia del siglo XX sepultada bajo los escombros de los totalitarismos europeos y las transiciones latinoamericanas. Se la estudiaba en seminarios, entre notas al pie y bibliografías prolijas, como si el dolor administrado por el Estado fuese una superstición abolida por la modernidad jurídica. Pero en Venezuela, mientras la retórica revolucionaria prometía redención histórica y justicia social, el subsuelo comenzó a poblarse de nuevas evidencias de la antigua vocación humana por la crueldad
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