Unos maderos hallados a seis metros bajo Manhattan vuelven a investigarse con ciencia de vanguardia para resolver uno de los mayores enigmas del Nueva York del siglo XVII.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante más de un siglo, unos maderos ennegrecidos han permanecido en silencio en los almacenes del Museo de la Ciudad de Nueva York. Fueron hallados en 1916, a unos seis metros de profundidad bajo las calles del sur de Manhattan, mientras se excavaban los túneles del metro. Desde entonces, han sido considerados uno de los vestigios materiales más antiguos de la presencia europea en lo que hoy es Nueva York. Ahora, una investigación internacional, anunciada oficialmente en un comunicado del Museo de la Ciudad de Nueva York, vuelve a ponerlos bajo el foco con una pregunta que lleva décadas sin respuesta definitiva: ¿pertenecieron realmente al Tyger, el legendario barco del navegante neerlandés Adriaen Block?
La nueva investigación no es una simple revisión de viejas hipótesis. Se trata de un proyecto ambicioso, con métodos científicos de última generación y una colaboración transatlántica entre especialistas estadounidenses y neerlandeses, que aspira a aclarar uno de los episodios más intrigantes del Nueva York del siglo XVII. Si las conclusiones son claras, podrían reforzar —o descartar de forma concluyente— una de las narraciones fundacionales más repetidas sobre la ciudad.
Un barco clave en el nacimiento de Nueva York
El Tyger no fue un barco cualquiera. Zarpó de Ámsterdam en 1613, en plena expansión marítima de las Provincias Unidas, cuando los Países Bajos competían con potencias como España, Portugal o Inglaterra por el control de rutas comerciales y nuevos territorios. Al mando iba Adriaen Block, un comerciante y navegante experimentado, encargado de establecer intercambios de pieles con los pueblos indígenas de la región, especialmente con los lenape.
La llegada del Tyger a la bahía que hoy ocupa Nueva York marcó uno de los primeros contactos sostenidos entre europeos y este enclave estratégico. Sin embargo, la historia del barco fue tan breve como decisiva. Pocos meses después de fondear, un incendio accidental lo destruyó por completo, dejándolo reducido a restos calcinados a ras de agua. Block y su tripulación pasaron el invierno en tierra y, con ayuda indígena, construyeron una nueva embarcación, el Onrust, con la que el navegante exploraría y cartografiaría ríos y costas fundamentales para la posterior colonización neerlandesa.
Esos mapas serían la base sobre la que se asentaría más tarde Nueva Ámsterdam, la colonia que acabaría convirtiéndose en Nueva York. Por eso, identificar con certeza los restos del Tyger no es un detalle menor: significa tocar con las manos el origen físico de la ciudad.

Un hallazgo bajo la ciudad moderna
Cuando en 1916 los obreros del metro encontraron una quilla y varias cuadernas carbonizadas en la intersección de Greenwich y Dey Street, nadie imaginaba hasta qué punto aquel descubrimiento iba a alimentar debates históricos durante décadas. La zona, hoy plenamente urbana, era en el siglo XVII una franja costera. Con el paso del tiempo, los neerlandeses primero y los británicos después ganaron terreno al río arrojando escombros y tierra, enterrando literalmente antiguos fondeaderos.
La localización, el estado quemado de la madera y su aparente antigüedad llevaron pronto a identificar el pecio como el Tyger. Durante años, esta atribución se aceptó casi sin discusión. Los restos incluso se exhibieron al público, primero en el acuario de Battery Park y más tarde en el museo. Sin embargo, los estudios realizados a mediados del siglo XX eran limitados: dataciones aproximadas y análisis parciales que sugerían una cronología compatible con principios del XVII, pero sin poder cerrar el caso.

Ciencia del siglo XXI para un misterio del XVII
La novedad del proyecto actual, tal y como detalla el comunicado oficial del museo, reside en la aplicación sistemática de técnicas que hace cien años eran impensables. El análisis dendrocronológico —el estudio de los anillos de crecimiento de los árboles— permitirá saber cuándo fueron talados los troncos y, en muchos casos, de qué región procedían. A esto se sumará la identificación precisa de las especies de madera y el examen de las piezas como elementos constructivos de un barco.
El estudio contará con la participación de especialistas del organismo neerlandés responsable del patrimonio cultural, junto con el equipo curatorial y de colecciones del museo neoyorquino. El enfoque no busca confirmar una leyenda a toda costa, sino aplicar un método de exclusión riguroso: si las fechas, las especies o el origen de la madera no encajan con lo que se sabe de la construcción naval neerlandesa de principios del XVII, el Tyger quedará descartado.
Este planteamiento, más cercano a la investigación judicial que al romanticismo histórico, refleja una tendencia cada vez más común en la arqueología marítima: dejar que los datos hablen, incluso si contradicen relatos consolidados.

Mucho más que unos maderos
Los investigadores no se limitarán a analizar la madera como materia prima. También estudiarán cómo fueron trabajadas las piezas, qué función cumplían dentro del casco y qué revelan sobre las técnicas de construcción naval del momento. Estos detalles pueden ser tan reveladores como la datación, ya que cada tradición marítima tenía soluciones propias para reforzar quillas, unir cuadernas o ensamblar tablazones.
Además, los restos del barco no aparecieron solos. Junto a ellos se recuperaron objetos asociados a la vida a bordo y al comercio: herramientas, cuentas de intercambio, fragmentos de cerámica y pequeños elementos metálicos. Todo este conjunto permitirá contextualizar mejor el hallazgo y compararlo con otros barcos neerlandeses documentados de la época.
Si finalmente se confirma que los restos pertenecen al Tyger, estaríamos ante uno de los testimonios arqueológicos más antiguos del contacto europeo en la ciudad. Y si no lo son, el resultado no será menos valioso: obligará a replantear qué barco fue, qué hacía allí y cómo encaja en la historia temprana del puerto de Nueva York.
Una investigación que mira al futuro
El proyecto se enmarca, además, en un esfuerzo más amplio por revisar los orígenes de la ciudad en un momento simbólico, coincidiendo con los 400 años de su constitución como municipio. Para el museo, esta investigación refuerza su papel no solo como espacio expositivo, sino como centro activo de producción de conocimiento histórico.
Sea cual sea el veredicto final, el caso del Tyger demuestra hasta qué punto la historia urbana sigue viva bajo nuestros pies. Bajo rascacielos, estaciones de metro y calles abarrotadas, aún descansan fragmentos de un pasado que puede cambiar lo que creemos saber sobre los comienzos de una de las ciudades más influyentes del mundo.

