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- Por José Flández Hay luchas que se dan contra un hombre.
Por José Flández
Hay luchas que se dan contra un hombre. Y hay luchas —mucho más difíciles— que se libran contra un sistema.
La de María Corina Machado de manera constante fue, incluso antes, una batalla cuesta arriba. Así lo evidenció su arrolladora victoria en unas primarias organizadas por la sociedad civil, donde obtuvo más del 90% del respaldo popular, enfrentando no solo a sus adversarios políticos, sino a todo el aparato del Estado en su contra.
Pero aquella cuesta, empinada ya de por sí, hoy se ha transformado en una pendiente aún más traicionera. Porque antes Machado enfrentaba una dictadura con nombre y apellido: Nicolás Maduro. Hoy enfrenta algo más complejo: un poder que se reconfigura, se disfraza, se adapta… y sobrevive.
Durante años, el régimen utilizó todos los mecanismos posibles para bloquear su ascenso: inhabilitaciones arbitrarias, persecución judicial, amenazas veladas y abiertas. No era casual. Machado representaba —y representa— un peligro real para la continuidad del modelo, no por discursos, sino por respaldo popular tangible. El miedo del poder hacia ella en ningún escenario fue retórico. Fue estratégico. Pero en el contexto actual el tablero ha cambiado.
La salida de Maduro no ha significado la caída del sistema que lo sostuvo. Las estructuras permanecen, los operadores siguen en sus puestos y las reglas del juego continúan diseñadas para evitar una ruptura real. Es decir: el obstáculo ya no es solo la exclusión, sino la cooptación. Antes la querían fuera. en el contexto actual podrían quererla dentro… pero controlada. Y ahí es donde la lucha se vuelve verdaderamente cuesta arriba.
Porque el dilema que enfrenta Machado ya no es simplemente resistir, sino decidir. Decidir si participa en un proceso que puede estar diseñado para neutralizarla, o si se mantiene al margen y arriesga quedar desplazada por actores más complacientes. Es la paradoja del poder en transición: incluir para domesticar, excluir para debilitar.
En este nuevo escenario, su capital político —forjado en años de confrontación frontal— se convierte tanto en su mayor fortaleza como en su mayor vulnerabilidad. Es fuerte porque conecta con una ciudadanía harta. Pero es incómodo porque no encaja fácilmente en acuerdos negociados desde arriba. Y en momentos como este, los acuerdos suelen pesar más que las convicciones.
A esto se suma un elemento que no puede ignorarse: el factor internacional. La presión externa que antes apuntaba a la salida del régimen en el contexto actual parece orientada hacia la estabilidad, incluso si esa estabilidad implica convivir con estructuras heredadas. En ese contexto, los liderazgos firmes tienden a ser vistos como riesgos, no como soluciones. Machado, guste o no, no es una figura dócil. Y eso, en la Venezuela de hoy, puede ser tanto su salvación como su condena.
El país que la observa ya no es el mismo que la eligió masivamente en primarias. Es un país más cansado, más golpeado, menos dispuesto a esperar procesos largos e inciertos. La gente quiere resultados, no discursos; cambios tangibles, no promesas. Y, sin embargo, la historia demuestra que los atajos en política suelen salir caros.
La gran pregunta es si Machado logrará navegar este momento sin traicionarse ni ser absorbida. Si podrá convertir su lucha cuesta arriba en una ruta viable de transición, o si terminará atrapada en el mismo laberinto que ha consumido a otros líderes opositores antes que ella.
Porque el peligro ya no es solo que no la dejen llegar. El peligro es que la dejen… pero bajo sus condiciones. Y entonces, la lucha —esa que empezó como resistencia— podría convertirse en otra circunstancia: en la validación involuntaria de un sistema que, incluso sin su rostro más visible, sigue negándose a desaparecer.
En Venezuela, la cuesta en ningún escenario fue solo empinada. en el contexto actual, además, está llena de trampas.



