El Gobierno de Estados Unidos ha desplegado en el mar de Arabia una potente flota que amenaza al régimen de los ayatolás. En las aguas de Oriente Próximo navegan estos días el portaaviones Abraham Lincoln y tres destructores que le sirven de escolta equipados con misiles. El dispositivo incluye aviones de guerra F-35 y un montón de cazas especializados en distintas tareas. Están, también, los más de 40.000 soldados de las bases militares que Washington tiene en el golfo Pérsico. La atención está centrada en Donald Trump y sus bravuconadas, y el mundo entero espera su próxima ocurrencia. Semejante alarde de poder, sin embargo, no puede improvisarse fácilmente, así que no conviene olvidar que, más allá del actual inquilino de la Casa Blanca, una inmensa maquinaria donde confluyen diversos intereses económicos, militares y burocráticos llevaba operando antes de que este llegara al poder y seguirá haciéndolo cuando lo pierda. Dentro de esta maquinaria, una compleja trama de agentes es la que estudia, recomienda, sugiere, propone o, incluso, llega a imponer las líneas maestras por las que discurren las políticas de la gran potencia. El problema más inquietante en estos tiempos es que al frente de todo esto está un tipo imprevisible, narcisista, caprichoso.
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