Un estudio basado en anillos de árboles centenarios reconstruye cinco siglos de lluvias en España y muestra por qué el clima actual del Mediterráneo se comporta de forma inédita.
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La memoria del clima no siempre está escrita en libros ni en bases de datos. En algunos lugares, se conserva en silencio, año tras año, dentro de organismos vivos que han sobrevivido a guerras, hambrunas y cambios sociales profundos. En las montañas del este de la península ibérica, algunos pinos centenarios han registrado durante más de cinco siglos cada periodo de abundancia y cada episodio de escasez de agua. Hoy, ese registro natural permite mirar el presente con una perspectiva incómoda.
Un estudio publicado en la revista Climate of the Past ha reconstruido 520 años de variabilidad de las precipitaciones en el Mediterráneo occidental a partir de los anillos de crecimiento de estos árboles. El resultado es claro y perturbador: las últimas décadas concentran una frecuencia e intensidad de extremos climáticos que no tiene equivalente desde comienzos del siglo XVI, situando al clima actual fuera de los márgenes históricos conocidos para esta región.
Cómo los árboles convierten la lluvia en memoria climática
Cada año, los árboles forman un anillo de crecimiento cuyo grosor depende, entre otros factores, de la disponibilidad de agua. En ambientes mediterráneos de montaña, donde el agua es un recurso limitante, la relación entre precipitación y crecimiento es especialmente directa. Años húmedos dejan anillos más anchos; años secos, anillos estrechos. Esta disciplina, conocida como dendroclimatología, permite reconstruir el clima cuando no existían estaciones meteorológicas.
El equipo liderado por Marcos Marín-Martín analizó 173 series de anillos procedentes de 103 pinos silvestres y pinos negros (Pinus sylvestris y Pinus nigra) de cinco enclaves de la provincia de Teruel, situados entre 1.300 y 2.000 metros de altitud. Algunos de estos árboles superan los 500 años de edad, lo que ha permitido construir una cronología continua desde 1505 hasta 2024.

El estudio no se limita a observar tendencias generales. Mediante un análisis estadístico detallado, los investigadores identificaron el periodo climático que mejor explica el crecimiento de los árboles: los 320 días comprendidos entre mediados de agosto de un año y finales de junio del siguiente. Esta ventana integra la precipitación otoñal, invernal y primaveral, clave para recargar el suelo y sostener el crecimiento anual.
La importancia de mirar más allá del siglo instrumental
Los registros meteorológicos instrumentales en España rara vez superan los 150 años. Esto significa que muchos episodios extremos actuales se evalúan sin un contexto histórico amplio, lo que dificulta saber si realmente son excepcionales o simplemente parte de la variabilidad natural.
El valor central del trabajo reside precisamente en ese contexto extendido. Al analizar más de cinco siglos de datos, los autores muestran que el Mediterráneo ha alternado históricamente periodos secos y húmedos, algunos de ellos prolongados durante décadas. Sin embargo, la combinación actual de sequías severas y episodios de lluvias intensas aparece agrupada de una forma inusual.
El propio artículo lo expresa con claridad al señalar que “la reconstrucción revela un aumento en la frecuencia e intensidad de los extremos hidroclimáticos (tanto húmedos como secos) durante finales del siglo XX y comienzos del XXI en comparación con la línea base a largo plazo”. Esta afirmación, traducida literalmente del paper, resume el núcleo del hallazgo.
No se trata solo de que existan extremos, algo habitual en el clima mediterráneo, sino de la rapidez con la que se suceden y la magnitud que alcanzan, rompiendo patrones observados durante siglos.
Tormentas más intensas y sequías más profundas
Uno de los resultados más contundentes del estudio es el análisis de la variabilidad climática. Al calcular la desviación estándar móvil de las precipitaciones reconstruidas, los investigadores detectaron un periodo de notable estabilidad climática en el siglo XIX, seguido de un aumento progresivo de la volatilidad a partir del siglo XX.
Este aumento se acelera de forma clara después de 1975, alcanzando valores que, según los autores, “no tienen precedentes en el contexto de los últimos 520 años”. Esta frase aparece de forma literal en el artículo científico y subraya el carácter excepcional del momento actual.
En términos prácticos, esto se traduce en una mayor probabilidad de alternar lluvias torrenciales concentradas en pocos días con periodos prolongados de sequía, incluso dentro de un mismo año hidrológico. Esta dinámica incrementa el riesgo de inundaciones, erosión del suelo y pérdida de recursos hídricos, al tiempo que reduce la capacidad de los ecosistemas para adaptarse.
El estudio cuantifica este fenómeno mostrando que el siglo XXI, aun con solo 24 años analizados, ya acumula ocho eventos extremos, incluidos episodios extremadamente raros que antes solo aparecían una o dos veces por siglo.
Cuando la historia escrita coincide con la escrita en madera
Para reforzar la solidez de la reconstrucción, los autores compararon los datos de los anillos con registros históricos de rogativas, ceremonias religiosas documentadas que se realizaban para pedir lluvia o para que cesaran precipitaciones excesivas. Estos documentos, utilizados desde hace décadas en climatología histórica, reflejan la percepción social de sequías e inundaciones.
La coincidencia entre ambos registros es notable, especialmente a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, un periodo conocido por su alta inestabilidad climática. Esta concordancia sugiere que los árboles y las sociedades humanas respondían a las mismas anomalías hidrológicas, aunque desde perspectivas muy distintas.

El paper advierte, no obstante, de las limitaciones de esta comparación. Las rogativas reflejan impactos sociales y agrícolas, no cantidades exactas de lluvia. Aun así, el paralelismo refuerza la idea de que los extremos detectados por los árboles tuvieron consecuencias reales sobre las comunidades humanas.
Un Mediterráneo más sensible y menos predecible
El Mediterráneo es una región climáticamente compleja, situada entre zonas templadas y áridas. Pequeños cambios en la circulación atmosférica o en la temperatura del mar pueden provocar alteraciones desproporcionadas en las precipitaciones. El calentamiento global añade presión a este sistema ya delicado.
El estudio concluye que los sistemas naturales y de gestión del agua, diseñados sobre la base de la variabilidad histórica, podrían no ser suficientes para afrontar la nueva realidad climática. Los bosques analizados han sobrevivido a siglos de cambios, pero ahora están expuestos a un régimen de extremos más frecuente y persistente.
Los autores lo resumen con una advertencia clara: “La intensificación documentada de los extremos hidroclimáticos es coherente con las proyecciones del cambio climático y proporciona una línea base para evaluar la vulnerabilidad de los recursos hídricos”. Esta cita literal subraya que el pasado ya no es una guía fiable para el futuro inmediato.
Lo que los anillos no predicen, pero sí advierten
Los árboles no hacen pronósticos, pero ofrecen un marco histórico difícil de ignorar. Su registro muestra que el clima actual del Mediterráneo occidental se está desplazando hacia un territorio desconocido, fuera del rango que moldeó ecosistemas y sociedades durante más de quinientos años.
Este conocimiento no implica fatalismo, pero sí exige adaptación. Infraestructuras, gestión del agua, planificación agrícola y conservación de ecosistemas deberán considerar un escenario donde las tormentas más intensas y las sequías más profundas ya no son excepciones, sino parte del nuevo patrón climático.
Referencias
- Marín-Martín, M., Tejedor, E., Benito, G., Saz, M. A., Barriendos, M., Martínez del Castillo, E., Esper, J. y de Luis, M. A five-century tree-ring record from Spain reveals recent intensification of western Mediterranean precipitation extremes. Climate of the Past, 21, 2205–2223 (2025). https://doi.org/10.5194/cp-21-2205-2025.



