
El discurso de Rubio nos demuestra que la colonialidad del poder, como particular sistema de dominación caracterizado por Aníbal Quijano, está más viva que nunca, y que una Europa nostálgica de su disipado poder imperial, lejos de resistir esta narrativa decadente, parece dispuesta a subirse al carro de la (auto)destrucción que los jinetes del apocalipsis gringos están dispuestos a infligir al mundo. Pues, ¡mucha suerte!

