Allá por el año 1985 España se preparaba para entrar en la Comunidad Económica Europea, ingreso que se produjo el 1 de enero del año siguiente. En el periódico me propusieron que realizara un viaje literario por esos países que en adelante iban a ser nuestros socios. Por fin podía cumplirse el sueño de Ortega, quien no se cansó de repetir que la solución del problema de España estaba en Europa. Los españoles ingresamos en ese club, tal vez, sin haber perdido del todo el pelo de la dehesa y aunque nos fue asignado el vagón de cola, lo cierto es que nuestro país iba a la misma velocidad en aquel tren. Cuando a Churchill le preguntaron qué opinaba de los franceses contestó: “No sé. No los conozco a todos”. Pues bien, lo mismo me pasaba a mí, de modo que en aquellos viajes me ahorré el trabajo de conocer a los habitantes europeos uno a uno; en cambio, guardo todavía unos flashes evanescentes de aquella experiencia.
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