Una expedición científica revela arrecifes gigantes, especies nunca vistas y criaturas casi míticas en las profundidades del Atlántico Sur frente a Argentina.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante décadas, el océano profundo que se extiende frente a las costas argentinas fue una gran incógnita. Apenas cartografiado, raramente explorado y casi siempre reducido a cifras abstractas en informes científicos, ese territorio sumergido parecía condenado a permanecer en la sombra. Sin embargo, una reciente expedición científica ha cambiado de forma radical esa percepción. Los resultados, recogidos en un comunicado oficial del Schmidt Ocean Institute , dibujan un escenario tan sorprendente como revelador: el mar profundo argentino alberga una biodiversidad mucho mayor de la que los científicos habían imaginado.
La campaña, liderada por investigadores argentinos a bordo del buque oceanográfico R/V Falkor (too), recorrió toda la extensión del margen continental del país, desde el norte de Buenos Aires hasta las aguas cercanas a Tierra del Fuego. A lo largo de ese viaje, el equipo no solo confirmó la riqueza biológica del fondo marino, sino que documentó estructuras y organismos que obligan a replantear lo que sabemos sobre los ecosistemas profundos del Atlántico Sur.
Un arrecife gigante donde no se esperaba vida
Uno de los hallazgos más impactantes fue la identificación del mayor arrecife conocido de Bathelia candida, un coral de aguas frías que crece lentamente y puede vivir durante siglos. Este arrecife, con una extensión comparable a la del Vaticano, se encuentra cientos de kilómetros más al sur de lo que se creía que alcanzaba la especie. Hasta ahora, la presencia de estos corales se consideraba fragmentaria y limitada; la expedición demostró lo contrario.
Los arrecifes de aguas profundas no tienen el colorido inmediato de los corales tropicales, pero su importancia ecológica es enorme. Actúan como auténticas ciudades submarinas, ofreciendo refugio y alimento a peces, crustáceos, equinodermos y cefalópodos. Que una estructura de estas dimensiones haya pasado desapercibida hasta ahora da una idea de lo poco que conocemos el océano que comienza apenas más allá del borde de la plataforma continental.

La medusa gigante que parece de otro mundo
Si el arrecife fue un descubrimiento estructural, la aparición de una medusa colosal aportó el componente casi cinematográfico de la expedición. A unos 250 metros de profundidad, las cámaras del vehículo operado remotamente captaron a Stygiomedusa gigantea, conocida como la medusa fantasma gigante. Su tamaño —con brazos que pueden alcanzar decenas de metros— y su desplazamiento lento y elegante recuerdan más a una criatura de ciencia ficción que a un animal real.
Este organismo es uno de los más esquivos del océano. Desde que fue descrito por primera vez a finales del siglo XIX, apenas se ha observado en contadas ocasiones, casi siempre de forma accidental. Verlo en su entorno natural, intacto y en movimiento, permitió documentar comportamientos que hasta ahora solo se inferían a partir de ejemplares dañados o muertos. En torno a su campana, pequeños peces se movían con naturalidad, aprovechando la protección que ofrece este gigante gelatinoso en un entorno donde esconderse es un lujo.
Un cadáver que da vida durante siglos
Otro de los momentos clave de la expedición se produjo a casi 4.000 metros de profundidad, cuando los científicos localizaron el esqueleto de una ballena en el fondo marino. Estos eventos, en los que el cuerpo de un gran cetáceo se deposita en el lecho oceánico tras su muerte, generan auténticos oasis de vida en un entorno normalmente pobre en nutrientes.
Durante décadas, incluso siglos, los restos del animal sostienen comunidades enteras: primero llegan los grandes carroñeros, después organismos especializados que consumen lípidos y, finalmente, especies que utilizan los huesos como sustrato duro. El hallazgo confirma que los procesos ecológicos descritos en otros océanos también están activos en el Atlántico Sur, aunque hasta ahora no se habían observado directamente.
Filtraciones químicas y vida sin luz
El equipo localizó una filtración activa de aproximadamente un kilómetro cuadrado, un ecosistema químicamente impulsado que rivaliza en tamaño con el gran arrecife de coral. Estos ambientes son especialmente relevantes porque ayudan a comprender cómo pudo surgir la vida en la Tierra primitiva y cómo podría existir en otros mundos sin luz solar.

A lo largo de la campaña, los investigadores identificaron al menos 28 especies que podrían ser nuevas para la ciencia. Gusanos, anémonas, erizos y corales se suman a una lista provisional que requerirá años de análisis en laboratorio. Este tipo de descubrimientos subraya la urgencia de estudiar el océano profundo antes de que actividades humanas como la pesca de arrastre o la minería submarina alteren ecosistemas que han permanecido estables durante milenios.
No todo lo observado fue positivo. En varias inmersiones aparecieron restos de basura: redes de pesca, bolsas de plástico e incluso una cinta de vídeo, sorprendentemente bien conservada por la ausencia de luz y oxígeno. La escena sirve como recordatorio de que ni siquiera las mayores profundidades están a salvo de la huella humana.
Ciencia argentina en el centro del mapa oceánico
La expedición estuvo liderada por científicos vinculados a la Universidad de Buenos Aires y al CONICET, consolidando el papel de la ciencia argentina en la exploración marina de alto nivel. El acceso a tecnología puntera, como vehículos operados remotamente y sistemas de muestreo profundo, ha permitido que el país mire por primera vez de forma sistemática hacia su propio océano.
Los datos recogidos —biológicos, químicos y físicos— servirán para investigaciones durante muchos años. Pero más allá de los resultados concretos, la expedición deja un mensaje claro: frente a las costas argentinas existe un mundo complejo, antiguo y extraordinariamente vivo que apenas empezamos a conocer.


