Durante la Segunda Guerra Mundial, cientos de pilotos aliados murieron en una ruta secreta sobre el Himalaya que pocos recuerdan hoy.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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En el extraordinario libro Aviones de leyenda de la Segunda Guerra Mundial, publicado por la editorial Pinolia, el divulgador José Antonio Peñas despliega con detalle cómo el cielo se convirtió en el escenario definitivo de la contienda global. A través de diez aviones clave —del Stuka al Spitfire, pasando por el Mustang y el Me-262—, nos muestra cómo la guerra aérea fue mucho más que una cuestión de tecnología: fue una lucha doctrinal, industrial y humana.
Pero mientras aquellos aviones protagonizaban combates épicos sobre Londres, Berlín o el Pacífico, existió otra guerra aérea, oculta entre montañas remotas, monzones, selvas impenetrables y mapas a medio hacer. Una guerra sin cazas, sin gloria y sin medallas. Se libró sobre los Himalayas, en una ruta que los propios pilotos bautizaron con un nombre siniestro y simple: el Hump.
El Hump: una línea de vida sobre el abismo
En 1942, cuando Japón conquistó Birmania, la última carretera terrestre que conectaba a China con sus aliados occidentales quedó cortada. La República de China, entonces bajo el mando de Chiang Kai-shek, quedó al borde de quedar completamente aislada. Estados Unidos y Gran Bretaña sabían que si China caía, miles de soldados japoneses quedarían libres para reforzar otros frentes. Había que mantener viva la resistencia china.
Así nació una de las operaciones aéreas más insólitas y peligrosas del siglo XX: un puente aéreo entre el noreste de la India y el suroeste de China, cruzando las crestas más mortales del planeta.
No había radares ni GPS. Solo brújulas, mapas con errores y una meteorología tan traicionera que ni siquiera los pájaros volaban cuando los C-47 y C-46 despegaban. La altitud, el hielo, los vientos cruzados y las tormentas eléctricas eran una amenaza constante. Pero no la única.

Pilotos jóvenes y una misión sin defensa
Los hombres que volaban aquellas cargas —combustible, repuestos, munición, sangre, a veces hasta mulas vivas— eran, en su mayoría, veinteañeros sin experiencia. Muchos venían del medio oeste estadounidense, donde las montañas más altas eran silos de maíz. Otros eran británicos que nunca habían pisado Asia.
Sus aviones no llevaban armamento. Iban lentos, pesados y eran presa fácil si los japoneses los localizaban. Pero el mayor peligro no estaba en el cielo: estaba en la selva.
La idea de estrellarse o tener que saltar en paracaídas sobre la selva birmana o china helaba la sangre a los tripulantes. Los escasos manuales de supervivencia no eran más que un folleto con dibujos de serpientes y consejos ambiguos. Muchos de los paracaídas eran defectuosos. Los kits de emergencia, a menudo saqueados o incompletos. Algunos no contenían más que una navaja, cerillas húmedas y pastillas de sal.
Una vez en el suelo, la tragedia no hacía más que comenzar.
Atrapados en el silencio verde
La jungla devoraba a los hombres. La vegetación, espesa y húmeda, absorbía los sonidos. Hay testimonios de cinco hombres de la misma tripulación que, tras lanzarse juntos, cayeron a menos de cien metros unos de otros y jamás lograron encontrarse.
Los supervivientes se enfrentaban a semanas de caminatas entre pantanos, insectos, calor asfixiante y enfermedades tropicales. Muchos desaparecieron sin dejar rastro. Otros fueron encontrados meses después, convertidos en esqueletos o devorados por la fauna local. Tigres, serpientes, parásitos, incluso tribus que jamás habían visto un avión: el mundo que esperaba a los pilotos bajo las nubes no era el nuestro.
Se estima que unos 1.200 aviadores tuvieron que lanzarse en paracaídas durante la operación del Hump. Y que más de 600 aviones se perdieron. Algunas fuentes creen que la cifra real es mucho mayor.

El esfuerzo que el mundo olvidó
A pesar de las cifras, de la épica, del drama y del valor, la historia del Hump rara vez ocupa un lugar destacado en los libros de historia. La guerra en Europa y el Pacífico eclipsó esta campaña aérea única, encajada entre India, China y Birmania.
Parte de ese olvido se debe a su ambigua utilidad. Aunque mantuvo viva la resistencia china, el objetivo geopolítico de Roosevelt —conservar a China como aliada democrática tras la guerra— fracasó. En 1949, el triunfo comunista selló esa posibilidad para siempre. La historia barrió los esfuerzos del Hump bajo la alfombra de las derrotas diplomáticas.
Aun así, la operación fue una proeza logística, técnica y humana sin precedentes. Y una de las pocas en que la épica de volar consistía, simplemente, en sobrevivir otro día.
Sobre Aviones de leyenda de la Segunda Guerra Mundial, de José Antonio Peñas
En este contexto de cielos decisivos y máquinas diseñadas para ganar guerras, el libro Aviones de leyenda de la Segunda Guerra Mundial de José Antonio Peñas ofrece un relato riguroso y apasionante. No se limita a describir aviones como objetos técnicos: los contextualiza como soluciones a problemas doctrinales, como apuestas industriales y, sobre todo, como protagonistas del cambio histórico.
Cada capítulo está dedicado a un modelo emblemático: desde el mítico Supermarine Spitfire hasta el pionero reactor alemán Me-262. Peñas no escribe para especialistas: su estilo es accesible pero informado, y combina con acierto datos técnicos, historia operativa y anécdotas humanas.
Una de las virtudes del libro es que devuelve la dimensión humana a las máquinas: ingenieros, pilotos, estrategas... Todos tienen su lugar. Los relatos del Stuka o del caza japonés Zero se entrelazan con las decisiones que se tomaban en los despachos y los dilemas que afrontaban los aviadores en los cielos del mundo.
Aviones de leyenda no es solo una galería de aviones espectaculares, sino una reflexión sobre cómo la tecnología y la doctrina aérea moldearon la historia del siglo XX. Para quienes quieran entender por qué unos aviones cambiaron el curso de la guerra y otros acabaron en el olvido, es una lectura imprescindible.




