El golpe militar del 24 de marzo de 1976 se insertó en una amplia resaca contra-revolucionaria tras una larga borrachera revolucionaria. No solo en Argentina, sino en el mundo. Junto con muchos otros acontecimientos, entre los que destaca el golpe chileno de tres años antes, marcó el punto de inflexión entre una época y otra.
Los regímenes militares que surgieron como hongos en toda la región, señaló en su momento Guillermo O’Donnell, nacieron de la percepción del peligro que América Latina se separara de la civilización occidental. Civilización entendida como adhesión a la economía capitalista, a la alianza atlántica contra el comunismo, al modelo ideal de la democracia liberal. Dado que esta percepción fue mucho más aguda en los años 70 que en los 60, la represión fue entonces más extensa y brutal y el modelo económico intervencionista, principal sospechoso de alimentar esa amenaza, fue sacrificado en aras del giro liberista.
A cosas hechas, se puede decir que, como ocurre con las percepciones, aquella también fue exagerada. Pero no equivocada. El mundo de aquellos años estaba de veras plagado de enemigos declarados de la civilización occidental. A la economía capitalista le oponían todo tipo de colectivismo, a la alianza anticomunista un frente tercermundista y antioccidental, a la democracia «burguesa» una vaga forma de «democracia popular», de la que habían en el mundo ejemplos muy poco democráticos.
Planteada así la cuestión, se entiende que la política se convirtiera en tema de vida o muerte. En una guerra, en fin. Una «guerra justa» por valores absolutos e innegociables: la supervivencia de la patria, la redención del pueblo, la liberación nacional. Una guerra de religión. De ahí el síndrome generalizado de asedio, la feroz intolerancia hacia la herejía, la determinación fanática de exterminar al enemigo. Tal era «el espíritu de la época». Un espíritu que flotaba entre los revolucionarios, convencidos de tener el viento a sus espaldas y las «leyes de la historia» a favor. Y que ofuscaba a los contrarrevolucionarios, obsesionados con el “subversivo” al punto de verlo por todas partes agigantado, indiferentes a los matices, insensibles a los síntomas de su incipiente declive.
¿Cómo se había llegado a ese punto? ¿Cómo habían influido las dinámicas globales en las locales, favoreciendo un desenlace tan traumático? Para comprenderlo, es necesario ampliar el zoom y dar algunos pasos atrás. Mientras que la primera fase de la Guerra Fría había sido la apoteosis del Occidente democrático, la edad de oro del orden liberal pilotado por Washington, a partir de los años 60 el viento había cambiado. Es más, se había invertido por completo, sacudiendo sus cimientos. Por muchas causas, pero sobre todo por tres. Tres causas que desencadenaron un poderoso enjambre sísmico y pusieron al mundo occidental, antes triunfante, a la defensiva. Y con el mundo occidental, a aquellos que, en Argentina y América Latina, temían su colapso.
La primera causa fue la «paridad estratégica» entre las grandes potencias, el llamado «equilibrio del terror». La llegada de los misiles nucleares intercontinentales expuso por primera vez a Estados Unidos a un posible ataque soviético. En consecuencia, una revolución nacionalista en un país latinoamericano, una de las muchas que salpicaban la historia de la región, podría a partir de entonces aprovecharla para ponerse al amparo de Moscú y garantizarse la inmunidad. Fidel Castro lo entendió al instante: si hubiéramos tomado el poder antes, dijo, nos habrían barrido. Ahora no: fortalecido por esa protección, imbuido de mesianismo providencialista, se dedicó en cuerpo y alma a exportar la revolución. Al igual que los primeros cristianos convirtieron al Imperio Romano, anunció, y gracias a ello evangelizaron el mundo, así lo haría su revolución. No con las armas de la predicación, sino con la predicación de las armas: «Punto Cero», cerca de La Habana, se convirtió en el campo de entrenamiento de los aspirantes a guerrilleros, decididos como él a purificar con fuego los pecados de la civilización occidental.

La segunda causa fue la descolonización, un deber demasiado postergado, una sublevación que se había estado gestando durante mucho tiempo. Cuando estalló, fue un río impetuoso que dejó a todo Occidente con las espaldas al muro. No solo las grandes potencias coloniales, sino todo Occidente entendido como civilización, con su modelo político y sus valores morales, su sistema económico y su credibilidad. Anunciada por las guerras de Argelia e Indochina, la «liberación nacional» de lo que se denominó Tercer Mundo se sucedió en oleadas regulares hasta mediados de los años 70, cuando el fin del imperio portugués abrió un nuevo y convulso frente. No solo miles de militares cubanos desembarcaron en Angola, sino que, allí como en otros lugares, el odio hacia Occidente se tradujo en regímenes marxistas y economías colectivistas. La percepción del ocaso occidental se inflaba cada vez más.
La tercera causa, por último, fue la más poderosa y difusa. Tras la muerte de Stalin, histórico defensor de un modelo único de régimen socialista, el suyo, la Unión Soviética adoptó el «policentrismo» y bendijo los «caminos nacionales» hacia el socialismo. No imaginaba que así perdería su control. Pero tampoco su inmenso florecimiento. Rota la jaula, el socialismo se extendió fragmentándose en mil ramificaciones. Y se mezcló con el nacionalismo. Una mezcla explosiva: estallaron entonces los «socialismos nacionales». Chinos y cubanos, marxistas e indigenistas, cristianos e islámicos, cada uno su propio código, cada uno su peculiaridad, todos el mismo enemigo: el Occidente liberal, capitalista y secular.
A principios de los años 70, la confluencia de estos afluentes formaba ya una cascada impetuosa. Baluarte de Occidente, Estados Unidos se tambaleaba como un boxeador noqueado. Desgarrados por la violencia política y acosados por las protestas, sufrían humillaciones en cadena: desde el escándalo del Watergate hasta la penosa retirada de Vietnam, desde la crisis del petróleo hasta el crecimiento del Movimiento de Países No Alineados. Arrollados por la agitación social y minados por los atentados terroristas, los aliados europeos tampoco navegaban por aguas tranquilas. Los «treinta años gloriosos» de la posguerra les estaban impartiendo duras lecciones: la prosperidad no generaba consenso, sino expectativas; la movilidad social no producía conformidad, sino malestar; la modernización alimentaba la nostalgia y el consumismo el moralismo.
Todo esto adquirió en América Latina contornos aún más extremos y violentos. De ser la periferia de la periferia de la Guerra Fría, se había convertido en «la zona más peligrosa del mundo», como la definió John F. Kennedy. Boom demográfico, urbanización descontrolada, industrialización caótica, escolarización masiva, desigualdades abismales: el volcán estaba a punto de eruptar, solo faltaba encender la mecha. Quien lo hizo fue, como es sabido, la revolución cubana, pero quien propagó el incendio con la velocidad del rayo y la fuerza de la fe fue la revolución religiosa: el Concilio Vaticano II inflamó América Latina más que Marx, la conferencia episcopal de Medellín más que Mao. De ser el pilar de la estabilidad, el catolicismo se convirtió en laboratorio de utopías redentoras; de ser el sostén del orden social, la Iglesia se convirtió en una espina clavada en su costado. El «progresismo» religioso de los jóvenes militantes católicos condimentó con salsa socialista el fundamentalismo antioccidental que los padres habían acompañado con salsa nacionalista.
Como había profetizado tiempo atrás Sumner Welles, uno de los pocos diplomáticos estadounidenses versados en la cultura latinoamericana, no había motivo para temer a los cosacos en el Zócalo de Ciudad de México ni a los misiles soviéticos en la Plaza de Mayo de Buenos Aires. El peligro comunista en América Latina era de tipo ideológico y cabalgaba sobre el antiliberalismo atávico de los grandes movimientos nacionales y populares. Eran ellos, los herederos más o menos conscientes de la herencia hispánica y católica, los que esgrimían el comunismo evangélico contra el individualismo protestante, la democracia orgánica contra la democracia liberal, el pueblo contra les citoyens. Esto era válido tanto para el peronismo como para el castrismo. Y para sus emuladores, los militares «peruanistas» y los revolucionarios anticapitalistas.
Y así fue. Los teólogos de la violencia revolucionaria se formaron en los seminarios y los reclutas de los focos guerrilleros en las parroquias, no en las células de los partidos comunistas. El marxismo y el cristianismo, la teoría de la dependencia y la teología de la liberación fueron la vulgata de la vía armada y del martirio ejemplar, del mito del hombre nuevo y del reino de Dios en la tierra. Cristo se convirtió en profeta de la revolución socialista, la revolución socialista en modelo de orden evangélico, Camilo Torres y el Che Guevara en nuevas divinidades.
En los años previos al golpe militar y al «Proceso», ese río caudaloso llamó con fuerza a la puerta de Argentina. Una puerta destartalada desde que la ecuación política se había vuelto irresoluble: si gobernaba el peronismo, su impulso hegemónico devoraba la democracia; si se excluía al peronismo, tampoco era viable la democracia sin el movimiento mayoritario. La única esperanza de apagar el incendio era Perón: solo el origen del problema podía brindar la solución, solo el líder de la cruzada contra Occidente podía encontrar la manera de convivir con él. No por casualidad, su regreso fue patrocinado por la Logia P2, una poderosa internacional anticomunista a caballo entre masonería y Vaticano. Pero fracasó: el aprendiz de brujo había perdido el control de su criatura.
¿Debemos deducir, por tanto, que el golpe se había vuelto inevitable? ¿Incluso deseable para quienes deseaban mantener a Argentina en el cauce del mundo occidental? ¿Que valía la pena violar sus principios ahora para que pudieran prosperar algún día? No, si una clase dirigente más previsora y una ciudadanía más madura hubieran creído en el Estado de derecho, el arma que en otros lugares derrotó o convirtió al comunismo. Pero así lo pensaron muchos argentinos que lo acogieron con confianza; y así lo pensaron muchos países que le firmaron un cheque en blanco. Se equivocaron. Pero que ese fuera el trágico resultado de esa larga y tremenda crisis, que el régimen que surgió del golpe fuera tan despiadado e incapaz, dependió más de los rasgos autoritarios que impregnaban la cultura política argentina que del contexto internacional. Defensores y enemigos de Occidente, de Occidente y de sus valores tenían una idea poco occidental.



