Caracas.- En los hogares de los caraqueños la luz no siempre se va de golpe. A veces titila, pero en otras oportunidades queda todo a oscuras, dejando a medias una conversación, una comida o un trabajo. Lo que para muchos ya era una rutina incómoda vivir con los llamados “bajones”, hoy parece algo más constante, porque los cortes eléctricos se volvieron recurrentes.
En sectores como Catia, Propatria, Coche, La Vega y Baruta, vecinos coinciden en que los cortes eléctricos no comenzaron después del 3 de enero, ni cuando Delcy Rodríguez, encargada de la administración en Venezuela, habló del plan de ahorro energético, sino que en las últimas semanas, las fallas eléctricas han durado más tiempo.
“Mis abuelos viven hacia Gato Negro. Allí semanalmente se les va la luz al menos una hora. Siempre tienen muchos bajones. Incluso les ha dañado protectores de corriente”, relató un caraqueño que, aunque no vive en la zona, conoce de cerca la situación.
En su caso, vive justo detrás del Palacio de Miraflores, donde la historia se repite con matices. «Los bajones de luz son constantes. Este mes de marzo tuvimos una falla de un par de horas porque tenemos una central eléctrica cerca y fallaron unas máquinas”, contó al equipo de El Pitazo.
Las fallas no distinguen ubicación ni estrato. Lo que cambia es la frecuencia y la paciencia de los ciudadanos.
La Corporación Eléctrica Nacional (Corpoelec) no anuncia las causas por las que ahora los habitantes de Caracas sufren de los cortes de electricidad. Sin embargo, fuentes ligadas con la estatal informan que una de las razones son las limitaciones que tiene la red de transmisión y de distribución que importa la energía proveniente de Guri en el estado Bolívar -donde se genera cerca del 80% de la demanda del país-, lo que dificulta prestar un servicio confiable.
A esto se le suma que la generación térmica propia de Distrito Capital está disminuida por fallas en las máquinas y combustible.
Un problema que no es nuevo
Para muchos ciudadanos, el discurso oficial no termina de encajar con su experiencia cotidiana. “Esto no es nuevo”, dicen. Lo repiten con la certeza de quien lleva años adaptándose a una electricidad inestable.
En Casalta, por ejemplo, una comunidad al oeste de la capital, ha sido notificada de interrupciones constantes por trabajos de reparación. “Se ha ido mucho la luz y nos dijeron que es por arreglos que van a durar un tiempo. Eso es lo que nos llama la atención, porque no es algo puntual”, explicó otro vecino.
La sensación general es de incertidumbre: no hay cronogramas claros, ni explicaciones detalladas que permitan anticipar cuándo llegará o se irá la electricidad.
El pasado 21 de marzo, la encargada de la administración de Venezuela, Delcy Rodríguez, anunció un plan nacional de ahorro energético por 45 días, argumentando un aumento en la demanda eléctrica debido al fenómeno de la declinación solar y el incremento de las temperaturas.
La medida incluyó recomendaciones como limitar el uso de aires acondicionados y desconectar equipos eléctricos no esenciales, apelando a la “conciencia ciudadana”.
Sin embargo, en la práctica, muchos venezolanos interpretan este anuncio como un racionamiento no oficial. En varias regiones del país, especialmente en el occidente, los cortes eléctricos alcanzan hasta ocho horas diarias, evidenciando una crisis más profunda que la explicada por factores climáticos.
En comparación, Caracas ha tenido históricamente un trato diferenciado dentro del sistema eléctrico nacional. Mientras en el interior los apagones son prolongados y frecuentes, en la capital suelen manifestarse como bajones o interrupciones más cortas, aunque cada vez más recurrentes.
Una historia que se repite
El fantasma del racionamiento no es nuevo en Venezuela. En 2010, durante una de las primeras grandes crisis eléctricas del país, el entonces presidente Hugo Chávez implementó un plan de administración de carga que incluyó inicialmente a Caracas.
La decisión generó tal rechazo que el entonces ministro de Energía Eléctrica, Ángel Rodríguez, fue destituido, y la capital terminó siendo excluida del esquema de racionamiento. Hoy, más de una década después, la historia parece encontrar ecos en los testimonios ciudadanos.
En Caracas, la electricidad ya no es una certeza, sino una posibilidad. Los vecinos aprenden a cargar baterías, a desconectar equipos, a cocinar antes de que “se vaya la luz”.
Pero más allá de las rutinas adaptadas, lo que pesa es la sensación de desgaste porque aunque los cortes duren una hora o dos, lo que realmente se prolonga es la incertidumbre.
En una ciudad acostumbrada al ruido, al movimiento y a la improvisación, quedarse sin luz, aunque sea por un rato, sigue siendo una pausa obligada que nadie termina de normalizar.
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