Durante unas simples reparaciones por una fuga de agua, un artista francés descubrió en la pared de su taller una antigua lápida romana que ha dejado perplejos a arqueólogos y epigrafistas.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Lo que comenzó como una simple fuga de agua terminó desvelando un capítulo enterrado de la historia romana. En Vence, una pequeña localidad del sureste francés, el pintor contemporáneo Jean Charles Blais llevaba décadas trabajando en su estudio, una antigua capilla transformada en espacio creativo. Fue allí, entre las paredes que ya guardaban siglos de historia, donde emergió una pieza epigráfica que ha captado la atención de especialistas en arqueología romana: una inscripción funeraria perfectamente conservada, grabada en latín sobre piedra, y fechada entre los siglos I y III de nuestra era.
El descubrimiento tuvo lugar durante unas obras de mantenimiento ordinario. Al retirar una capa de yeso para localizar una filtración de agua, los obreros toparon con una losa incrustada en la estructura. Pero lo verdaderamente sorprendente no era su aspecto pétreo o su encaje arquitectónico, sino el mensaje que contenía: unas palabras grabadas hace casi dos milenios, destinadas originalmente a honrar a un difunto del Imperio romano.
La inscripción, grabada con precisión sobre la piedra, reza: “CONIVGI ET VALERIAE APRONIAE”. Se trata de una fórmula latina típica en los epitafios romanos. La palabra coniugi puede traducirse como “al esposo” o “a la esposa”, ya que en latín clásico no distingue género gramatical. El nombre Valeria Apronia sugiere una mujer perteneciente a la familia Valeria, muy común en la Galia Narbonense. Aunque el mensaje es breve y enigmático, todo indica que se trata de una dedicatoria conmemorativa dirigida a un miembro querido de la familia, probablemente fallecido. Esta sobriedad, lejos de restarle valor, refuerza el carácter íntimo del homenaje funerario.
Una familia romana entre las montañas francesas
El hallazgo no es un hecho aislado en la región. En las colinas que rodean la actual Vence —antiguamente conocida como Vintium durante el dominio romano— se han localizado en siglos anteriores otras inscripciones que hacen referencia a miembros de la gens Valeria, una familia romana que tuvo una notable presencia en esta zona del Imperio. La frecuencia del nombre “Valeria” en la región sugiere que no se trata de un caso puntual, sino de una presencia establecida con raíces profundas.
Esta zona, integrada en la provincia romana de la Galia Narbonense, fue anexionada por Roma en el siglo II a. C., y durante siglos sirvió como un punto clave en las rutas comerciales y militares que conectaban Italia con Hispania. No es casual que las clases acomodadas romanas eligieran este territorio, con clima mediterráneo y fértiles colinas, como lugar para establecer villas y mausoleos familiares. La inscripción ahora descubierta formaría parte, probablemente, de uno de esos conjuntos funerarios que, con el paso del tiempo, quedaron desmantelados o integrados en nuevas construcciones medievales.

Capas de historia bajo capas de pintura
El hecho de que esta lápida se encontrara empotrada en el muro de una antigua capilla es un testimonio más del reciclaje de materiales característico de la Edad Media. A menudo, piedras provenientes de ruinas romanas eran reutilizadas en nuevas edificaciones, no solo por su resistencia sino también por el aura de prestigio que les otorgaba su origen imperial. Con el paso del tiempo, muchas de estas inscripciones acabaron ocultas tras capas de cal y yeso, esperando ser redescubiertas por accidente.
Lo fascinante del caso es que esta historia no ha sido protagonizada por arqueólogos ni expertos en patrimonio, sino por un artista contemporáneo cuya obra, paradójicamente, también se basa en el concepto de capas, superposición y memoria visual. Su trabajo con carteles urbanos despegados, intervenidos y aprovechados guarda una simbólica coincidencia con el hallazgo en su estudio: lo antiguo emerge bajo lo nuevo, y el pasado se revela en medio del presente.
Para Blais, el descubrimiento ha supuesto algo más que una anécdota. Su taller, donde crea obras a partir de fragmentos rescatados de la ciudad moderna, se ha convertido, de forma inesperada, en un punto de encuentro literal entre dos tiempos: el arte contemporáneo y la memoria epigráfica romana. Es como si las paredes de su estudio, testigos silenciosos de siglos de historia, hubieran querido susurrarle un secreto enterrado bajo siglos de cal y silencio.

¿Qué nos dicen las piedras cuando vuelven a hablar?
Más allá del impacto visual o emocional que pueda provocar encontrar una inscripción antigua en el lugar más insospechado, este tipo de hallazgos plantea preguntas profundas sobre la continuidad del espacio y la superposición de civilizaciones. ¿Qué otros restos de la presencia romana duermen bajo nuestras casas, plazas o iglesias? ¿Cuántas lápidas, esculturas o mosaicos han sido olvidados entre los cimientos de la arquitectura moderna?
Las inscripciones romanas, además de cumplir una función conmemorativa, son fuentes documentales de gran valor para los historiadores. Nos hablan de nombres, linajes, profesiones, edades y hasta de afectos perdidos. Son fragmentos de vidas convertidos en piedra. Aunque esta en concreto es breve y su contenido algo escueto, su contexto local le añade un enorme interés. Forma parte de un conjunto regional de epigrafía romana que ayuda a reconstruir la red de asentamientos y relaciones familiares de las élites provinciales de la Galia.
Por ahora, los especialistas han optado por no extraer la losa de su ubicación, prefiriendo dejarla integrada en el muro, protegida pero visible. Paralelamente, se planean nuevas prospecciones en la zona, pues hallazgos de este tipo, aunque fortuitos, suelen ser la punta del iceberg de un patrimonio subterráneo más amplio y aún por descubrir.

Cuando lo cotidiano se convierte en extraordinario
Este suceso nos recuerda que el pasado no está confinado en los museos ni en los libros. A veces, se encuentra esperando detrás de una pared húmeda, entre las piedras de una vieja capilla, o incluso bajo las pinceladas de un artista contemporáneo. La Historia, con mayúsculas, no siempre se descubre con una excavadora o en una campaña oficial. A veces, simplemente, llama a la puerta en forma de filtración.
Este insólito reencuentro entre arte contemporáneo y arqueología clásica nos invita a reflexionar sobre la persistencia de los legados y la presencia invisible del tiempo. Porque incluso cuando creemos estar solos en un espacio, las huellas de quienes nos precedieron siguen ahí, esperando ser escuchadas.


