La passegiatta en Cortina d’Ampezzo no tiene pérdida. Corso Italia arriba, Corso Italia abajo, el ritual se sucede inalterable desde hace al menos siete décadas: apenas 600 metros de paseíllo para ver y dejarse ver. Il salotto di Cortina, lo llaman por eso los locales, porque esta suerte de calle mayor peatonal que atraviesa el corazón de la localidad transalpina de norte a sur es como una salita de estar, donde pasa la vida. También pasan las modas, de los abrigos loden y los tradicionales lederhosen de imperial herencia austrohúngara a los tan exquisitos como discretos cachemiras de nuestros días, mientras permanece ese estilo ampezzano impuesto por las señoras bien, señoras fetén romanas en los años sesenta del siglo pasado al hacer de la perla de los Dolomitas su ciudad de vacaciones invernales favorita. Bajo los cortavientos y los monos de esquí técnicos, todavía hoy pueden adivinarse los suéteres de lana hervida, las chaquetas de terciopelo de corte Trachten (a lo bávaro) y las camisas de franela en armónica connivencia entre lo vintage y el alto rendimiento deportivo. “Es una mezcla entre lo clásico y lo moderno tan refinada como inconfundible, que prima la elegancia, los tejidos nobles y la artesanía por encima del exceso. Los colores chillones y la extravagancia asociada a la ropa de nieve actual no tienen cabida aquí”, expone Elisabetta Dotto, la posadera más famosa del lugar, ideóloga-diseñadora del exclusivo hotel boutique Ambra, que todavía recuerda con cierto horror el revival dosmilero de las moon boots —botazas de après-ski acolchadas o peludas como un yeti— y las gafas-máscara Oakley de hace unas temporadas. Pues que se prepare para la avalancha de exageración indumentaria que se viene con los inminentes Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno 2026 que se celebran en Cortina d’Ampezzo y Milán hasta el 22 de febrero.
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