Sobre el papel, la lógica es impecable: con los precios globales del petróleo disparándose y las sanciones de EE. UU. sobre el crudo ruso parcialmente relajadas, Moscú es un claro beneficiario de la guerra en Irán. En cambio, China se encuentra en una situación complicada, ya que depende de los flujos de petróleo a través del ahora cerrado estrecho de Ormuz.
Este análisis parece sólido, pero si se observa más de cerca surge un panorama más complejo. Empecemos con la idea de que el aumento de los precios del petróleo está llenando rápidamente las arcas del Estado ruso. En torno a 5.000 millones de dólares al mes, los ingresos extraordinarios por petróleo impulsados por la guerra son en realidad poco más que un parche para un déficit fiscal que alcanzó los 40.000 millones de dólares solo en enero-febrero, que es alrededor del 90% del objetivo anual de Rusia. Los responsables políticos rusos son muy conscientes de ello: el Kremlin ya está esbozando un recorte del 10% en el gasto ‘no sensible’ en un intento de ahorrar hasta 25.000 millones de dólares este año.
La cuestión del volumen no es baladí. Tras más de 12 años de sanciones, la infraestructura petrolera de Moscú se está deteriorando, con apenas 300.000 barriles diarios de capacidad excedente, que son insuficientes para compensar los entre 10 y15 millones de barriles diarios perdidos en las exportaciones del Golfo. Sin certeza de que la guerra vaya a prolongarse, es poco probable que las empresas petroleras rusas aumenten la inversión a corto plazo. Los ataques con drones de Ucrania, que ahora alcanzan hasta el mar Caspio, solo añaden presión.
"Washington no está desbloqueando nuevo suministro de petróleo ruso; solo está dando luz verde a acuerdos que India ya había preparado."

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Esteban Hernández
La escasa capacidad excedente de Rusia ayuda a poner en perspectiva el alivio de sanciones de Washington sobre las ventas de crudo ruso a India. La exención de 30 días se aplica al petróleo ya cargado en petroleros, aproximadamente 120 millones de barriles que habían estado inactivos en el mar mientras las refinerías indias evitaban infringir las sanciones estadounidenses. En otras palabras, Washington no está liberando nueva oferta de petróleo ruso, sino que solo está autorizando acuerdos que India ya tenía en marcha.
Para Moscú, perder el acceso al Golfo Árabe e Irán es otro golpe. Emiratos Árabes Unidos ha sido un sospechoso clave de facilitar la evasión de sanciones, mientras que Irán ha sido durante mucho tiempo un mercado importante para las empresas rusas, especialmente en defensa y energía nuclear. El conflicto ha paralizado ahora la construcción de proyectos emblemáticos rusos, como la planta nuclear Bushehr-2. Con el Golfo e Irán fuera de la ecuación, la dependencia de Moscú respecto a Pekín podría profundizarse.
Para China, las interrupciones en Ormuz son sin duda dolorosas. Sin embargo, también refuerzan la apuesta de Pekín por la electrificación. La electricidad representa el 30% del consumo energético de China, lo que es un 50% más que en EE. UU. o Europa, y por tanto, la deja mejor protegida frente al aumento de los precios globales del petróleo. La guerra en Irán también impulsa la transición energética global y hay que recordar que las empresas chinas fabrican alrededor del 70% de los suministros mundiales de tecnología limpia.
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La mina Maoniuping, en el condado de Mianning (Sichuan) es actualmente la segunda mina de tierras raras ligeras más grande del mundo. (Google Maps) De cara al futuro, el conflicto en Irán podría dar a China una ventaja útil. Muchos de los misiles, aviones de combate y otras armas que Estados Unidos necesita para la guerra dependen de minerales críticos producidos en China, en concreto, las tierras raras, de las que EE. UU. solo dispone de reservas para unos dos meses. Cuando el presidente estadounidense Donald Trump viaje a Pekín para negociar aranceles en los próximos meses, los responsables políticos chinos podrían llegar a la mesa con un as bajo la manga.
Mientras tanto, los primeros informes sugieren que Irán podría permitir el tránsito de algunos petroleros por Ormuz, con una condición de China: que los envíos se negocien en renminbi, la divisa china, lo que supondría un golpe al dominio del dólar estadounidense en el comercio energético. Incluso si solo una fracción de las transacciones cambia de moneda, la ironía será evidente, una guerra iniciada por EEUU ayudará a normalizar las ventas de energía fuera del dólar, logrando lo que años de diplomacia china no han conseguido.
Por último, puede merecer la pena prestar atención en las consecuencias del conflicto, en particular la reconstrucción en los países del Golfo afectados por drones y misiles iraníes. Aquí, Pekín está bien posicionado para actuar con rapidez. Aprovechando su experiencia en la llamada ‘Iniciativa de la Franja y la Ruta’, las empresas chinas se posicionarán rápidamente como socios, proporcionando financiación, acero y grúas para reconstruir puertos, instalaciones energéticas y plantas de desalinización.
Más allá de los titulares, el equilibrio de beneficios entre Rusia y China en la guerra en Irán parece bastante distinto. La bonanza petrolera de Moscú puede parecer impresionante sobre el papel, pero no aliviará el problema fiscal del Kremlin. A su vez, el impacto negativo del cierre de Ormuz para China es real, pero Pekín puede emerger con una estrategia de tecnología limpia reforzada, mejores cartas en la negociación comercial con EEUU y afianzarse en el Golfo de posguerra. Los conflictos casi siempre reconfiguran el orden global, pero rara vez de la forma en que sus arquitectos pretendían.
* Este artículo ha sido publicado originalmente en inglés por el European Council on Foreign Relations, bajo el titular 'Why China, not Russia, could be the real winner of the Iran war'
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