Las consecuencias del cierre de facto del Estrecho de Ormuz ha puesto contra las cuerdas al taller del planeta. Con cerca del 80% del suministro de crudo bloqueado, Asia ha entrado en una especie de darwinismo energético en el que solo resisten los países con mayor margen fiscal. La parálisis de las refinerías del Golfo y elencarecimiento y la incertidumbre en el transporte marítimo están elevando los costes a lo largo de la cadena de valor y obligando a revisar el riesgo en varias economías del Sudeste asiático.
Muchas naciones de la región se están viendo ante un escenario de triaje extremo, obligadas a amputar su propio consumo y tomar decisiones drásticas para absorber la crisis. Estas son algunas de las respuestas que ya se están viendo en un continente cada vez más acorralado.
Fogones de guerraPara India, el segundo importador a nivel global de gas licuado de petróleo (GLP), Ormuz es la yugular. Por allí fluía el 90% de sus compras y el 60% del gas que va a los hogares del país.
Con el bloqueo de facto, el Gobierno ha activado un protocolo de guerra que limita severamente el uso comercial del GLP. Eso implica que, por ejemplo, los templos del fast-food de Mumbai, donde habitualmente se gastaban quince bombonas cada semana, el pasado fin de semana arrancaron con solo dos. Hay clientes, pero la carta figura con menos fritura, y más platos de subsistencia. Son muchos los que cierran cinco horas antes para estirar el gas. En Maharashtra, motor económico del país, un tercio de sus 500.000 restaurantes opera a medio gas o ha bajado la persiana.
#WATCH | Bhopal, Madhya Pradesh: Inductions are being used at Sagar Gaire Fast Food, instead of the traditional cooking methods, amid the reports of a commercial LPG cylinder shortage. pic.twitter.com/X3UoCZAWNo
— ANI (@ANI) March 12, 2026
El apagón del gas ha desatado una electrificación de guerrilla en las cocinas. Freidoras y planchas eléctricas se han convertido en el salvavidas de emergencia, pero cualquiera que se ponga al mando de los fogones lo nota al primer servicio: la herramienta no está a la altura. Calientan lento, se vienen abajo en cuanto entra una tanda y, en muchos locales, terminan tirando cuadros eléctricos diseñados para otra carga.
La calle es el primer campo de pruebas de este experimento forzoso. Clásicos como las samosas, las pakoras o las batatas vadas viven del fogonazo de calor que sella masas y rebozados, algo que las resistencias eléctricas no logran replicar, obligando a retocar sobre la marcha recetas, tiempos de fritura y hasta la textura final del bocado. Incluso la alta cocina se ve empujada a girar hacia técnicas de baja temperatura y fogones donde ya un 60% del equipo es eléctrico.
A escala nacional, la patronal advierte que el 85% del sector de la restauración depende del GLP. Son 8,5 millones de empleos directos —sin contar repartidores ni proveedores— hoy rehenes de la tensión a miles de kilómetros que ha cortado el suministro de raíz.

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Pero el problema va más allá de los negocios. Sobre el papel, la venta de bombonas domésticas se mantiene, pero el sector habla de un suministro "irregular y raquítico", con cargamentos que llegan a cuentagotas y entregas demoradas. El resultado ya se ve en los hogares con el regreso forzado a braseros y fuegos improvisados para capear las noches de frío.
El giro se lee también en el consumo. Flipkart registra un auténtico "estallido" en ventas de placas de inducción o freidoras de aire, alimentado por el miedo de las familias a quedarse sin plan B si el gas no llega. Para los riders, hay menos pedidos y más motos secas de carburante, atrapadas entre el precio del combustible y restricciones de suministro. Los sindicatos de repartidores calculan que alrededor de un tercio de la flota está hoy parada.
El gobierno de India sigue buscando oxígeno. Dos grandes metaneros han logrado ya cruzar Ormuz rumbo a Gujarat con unas 90.000 toneladas de GLP, y Exteriores pelea por asegurar la salida y escolta de otros 22 buques atrapados aún en la zona. El tiempo apremia.
El ‘all-in' surcoreanoEntre las grandes economías, Corea del Sur se ha convertido en el último ejemplo de cómo la seguridad energética se impone a la agenda climática. El país depende casi por completo de las importaciones de hidrocarburos y alrededor del del 70% del petróleo que consume procede de Oriente Medio, por lo que el cierre del estrecho ha supuesto un escenario de pesadilla.
Las autoridades han decidido elevar la utilización de las centrales nucleares desde algo más del 60% al 80% de su capacidad, acelerando el fin de las revisiones de seis reactores para tenerlos en marcha a mediados de mayo. Al mismo tiempo, han anunciado el fin del límite estacional que obligaba a las térmicas de carbón a operar al 80% de su capacidad en primavera.
Además, por primera vez en casi tres décadas, la Casa Azul ha impuesto, por primera vez en este siglo, un tope nacional al precio de los combustibles. El máximo para la gasolina se ha fijado por debajo de los niveles previos a la ofensiva en Irán, y se revisará cada dos semanas para afrontar la escalada del Brent sin trasladarla en bloque a los consumidores. A su vez, se endurece el régimen sancionador a gasolineras que especulen, con la amenaza de perder la licencia por una sola subida abusiva, y se doblan los bonos al transporte marítimo para exportadores, complementados con vales logísticos de emergencia para un millar de empresas especialmente expuestas a Oriente Medio.
A esto se suma la artillería fiscal. El Gobierno prepara un presupuesto suplementario que se presentará al Parlamento antes de final de mes. Ese paquete incluirá compensaciones a las refinerías por las pérdidas derivadas del sistema de precios máximos, fondos logísticos para exportadores golpeados por el encarecimiento del transporte, cheques y vales energéticos ampliados para hogares vulnerables y pequeños negocios, y dinero fresco para acelerar inversiones en renovables que reduzcan la dependencia estructural del crudo.

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Seúl también está utilizando el "fondo de contingencia" construido tras las crisis del petróleo de los setenta. El país liberará 22,46 millones de barriles de reservas estratégicas en tres meses y repatriará otros 3,35 millones bombeados en el extranjero por la estatal Korea National Oil Corporation. En paralelo, el Ministerio de Industria prepara una ampliación del programa de subsidios para hogares de menos renta, listo para engordar vía presupuesto extra si los precios del gas y la luz siguen escalando.
Mangas cortas y teletrabajoEl Sudeste asiático ha montado en semanas una disciplina de ahorro que, hace un mes, habría parecido impensable, con trabajo en remoto masivo, códigos de vestimenta "energéticos" y semanas laborales recortadas. Países con apenas días de petróleo en reserva o con margen para solo un par de meses han pasado de gestionar planes a cinco años a contar literalmente kilovatios día a día.

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Así, Bangladesh, Pakistán, Vietnam o Tailandia han ordenado a buena parte de sus funcionarios quedarse en casa y recomiendan al sector privado que copie el modelo para rebajar la factura de gasolina y electricidad. Islamabad ha dado un paso más y ha impuesto una semana de cuatro días para los funcionarios, con equipos que se turnan, mientras que Manila ha calcado el esquema con cuatro jornadas presenciales y una remota en la Administración central. En Myanmar, el coche solo puede circular en días alternos según el número de matrícula, y Sri Lanka ha impuesto un control digital a los surtidores, registrando cada repostaje con un código QR para vigilar cuánto combustible consume cada ciudadano.
En Bangkok, los edificios propiedad del estado están obligados a fijar el aire acondicionado en 26 grados, los funcionarios reciben consignas para usar escaleras y sustituir viajes de trabajo por videoconferencias. El propio Gobierno anima a vestir ropa ligera en la Administración, en una versión tropicalizada de los experimentos de ahorro de los años setenta. Hanoi, por su parte, ha eliminado aranceles a varios productos petrolíferos y ha lanzado una campaña de teletrabajo no vista desde la pandemia, acompañada de campañas para dejar el coche aparcado y optar por transporte público, bicicleta o coche compartido.
Hasta Singapur, el gran nodo energético y logístico del área, se ha puesto a cazar cargamentos de gas licuado fuera del Golfo y estudia relajar temporalmente algunos objetivos de emisiones para blindarse, una señal de que incluso los hubs más sofisticados sienten el estrangulamiento de este flujo. Tokio, por su parte, ha decidido que la mejor defensa es una regresión táctica. Mientras el Gobierno libera crudo de sus reservas estratégicas para anestesiar los precios, las calles niponas viven un revival forzoso de la austeridad de 1970 con escaparates apagados, termostatos vigilados y teletrabajo forzado.

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China cavó el pozo antes de tener sed y llega a esta crisis mejor blindada que muchos de sus vecinos. Una parte relevante del GNL que cruza el estrecho acaba en puertos chinos, pero el gas apenas representa en torno al 3% de su mix eléctrico, muy por detrás del carbón, la hidroeléctrica y la nuclear, lo que le concede una base que carecen otros territorios altamente gasintensivos.

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En los últimos años, el gigante asiático ha reducido su dependencia del crudo del Golfo con compras crecientes a Rusia, África y América Latina, apoyadas en una agresiva inversión en capacidad de almacenamiento y refinado. Ese giro le permite amortiguar parcialmente la disrupción de flujos por Ormuz y negociar descuentos con proveedores urgidos de liquidez, pero no la blinda frente al verdadero riesgo de una industria exportadora que vive de la demanda de consumidores que ahora pagan combustibles y alimentos más caros.
Analistas continúan recortando previsiones de crecimiento para la segunda economía global si el enconamiento se prolonga y el shock de precios se cronifica en Europa y Estados Unidos, principales mercados de su industria manufacturera. En paralelo, Pekín participa en contactos discretos con Washington para gestionar la crisis y contener una escalada que dispare aún más las primas de riesgo.. El régimen de Xi se juega tanto su relación con Irán como su posición en el mundo árabe, donde compite con la Casa Blanca por contratos energéticos, infraestructuras o armamento.
Al otro lado del estrecho, las monarquías del Golfo descubren el reverso de ser hub energético mundial al estar en primera línea de fuego. Irán ha logrado estrangular buena parte de las exportaciones de sus vecinos árabes por Ormuz mientras mantiene relativamente protegidos sus propios envíos gracias a rutas alternativas y barcos camuflados, reforzando su palanca de presión en plena batalla campal de precios.

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Qatar se ha visto obligado a detener parte de la producción en Ras Laffan, el mayor complejo exportador de GNL del planeta, y a declarar fuerza mayor a clientes clave en Asia, con la advertencia de que la normalidad puede tardar "semanas o meses" en regresar. Para los grandes compradores asiáticos, incluido China, la seguridad de suministro ya no se puede dar por descontada, aunque su matriz energética dependa poco del gas.
Por último, la lección que extraen Riad, Abu Dabi o Doha es que la era de la seguridad energética barata ha terminado también para ellos. Sobre la mesa ya no solo están los planes para acelerar oleoductos que eviten Ormuz o ampliar tanques en terceros países, también estrategias para blindar terminales de exportación, plantas de desalinización y puertos de contenedores frente a una guerra de baja intensidad con drones, ciberataques y sabotajes puntuales, capaz de dejar sin agua ni alimentos a poblaciones enteras en cuestión de días.
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