Un Oscar en la repisa, más de 50 películas en su haber y una reputación que muchos en Hollywood consideraban irreemplazable. Philip Seymour Hoffman encarnó todo eso. También encarnó a un padre que el 2 de febrero de 2014 salió a dejar a su hijo mayor en el entrenamiento de básquet, pasó por un cajero automático y ya no regresó. Lo encontraron en el baño de su departamento alquilado en el West Village de Manhattan, con una jeringa en el brazo y 50 dosis de heroína desperdigadas en el suelo como un testimonio de su derrota final.

Tenía 46 años y un testamento que llevaba una década sin ser revisado. Ese papel olvidado en un cajón se transformó, después de su muerte, en el centro de una historia legal tan reveladora como dolorosa: la de un hombre que amó a sus hijos y que, sin embargo, los dejó fuera del documento más importante de su vida adulta.
Un testamento con un problema grave
El testamento data de octubre de 2004. En ese momento, Hoffman tenía un único hijo con su pareja, la diseñadora de vestuario Mimi O’Donnell: Cooper Alexander, de apenas un año. Las dos hijas que vendrían después —Tallulah, nacida en noviembre de 2006, y Willa, en octubre de 2008— no existían todavía.
El actor nunca volvió a abrir ese documento. No actualizó nada cuando nacieron las niñas. No incorporó cláusulas que contemplaran la posibilidad de nuevos hijos, algo que los expertos en planificación patrimonial consideran una precaución básica. El resultado: un testamento fosilizado que describía una familia que ya no era la misma.
En ese papel, Hoffman dejó la totalidad de su patrimonio, estimado en 35 millones de dólares, a Mimi O’Donnell, su pareja de entonces, de quien se había separado en 2013 a causa de su recaída en las drogas.

La lógica del actor era filosófica: él no quería que sus hijos crecieran como lo que en inglés se llama trust fund kids (hijos de fondos fiduciarios), esos jóvenes que heredan fortunas antes de ganarse nada y terminan anestesiados frente al esfuerzo y la realidad.
Su contador, David Friedman, le había sugerido en más de una ocasión, que constituyera fideicomisos para los tres niños. Hoffman lo rechazó cada vez. Confiaba en que O’Donnell, como madre de todos, usaría el dinero para criarlos bien.
El único hijo nombrado y las cláusulas culturales
Cooper era el único de los tres hijos que aparecía por su nombre en el testamento, y aun así, con restricciones. El actor estableció que su hijo varón no podría acceder a su porción de la herencia de inmediato: recibiría la mitad al cumplir 25 años y el resto al llegar a los 30. La demora era producto de una convicción: Hoffman quería que el dinero llegara cuando Cooper ya tuviera una vida formada.
Pero la cláusula más singular del documento no era la económica sino la geográfica. El testamento dejaba por escrito el deseo del actor de que su hijo creciera en Manhattan, Chicago o San Francisco, o que visitara alguna de esas ciudades al menos dos veces por año. La razón era explícita: quería que Cooper estuviera en contacto permanente con la cultura, el arte y la arquitectura que esas ciudades ofrecen. Para un hombre que consideraba el teatro una vocación total y que pasó su vida adulta entre los escenarios de Broadway y los estudios de cine independiente de Nueva York, el ambiente urbano e intelectual era una condición formativa esencial.
El gran olvido: hijas que no estaban en el testamento
Tallulah y Willa no aparecían en ninguna parte del testamento. No porque su padre las amara menos, de hecho, quienes lo conocieron describen a Hoffman como un padre completamente presente, que llevaba a sus hijos a la escuela y organizaba cenas familiares incluso después de la separación, sino porque el documento era anterior a su nacimiento y nadie lo actualizó. Esa omisión involuntaria abrió un frente legal delicado y, según los especialistas en derecho sucesorio que siguieron el caso, completamente evitable.

Cuando el testamento llegó al Tribunal de Sucesiones de Manhattan para ser homologado, la situación de las niñas quedó en un limbo jurídico. El juez designó al abogado James Cahill Jr. como guardián ad litem, una figura legal que representa los intereses de menores en procedimientos judiciales, para velar específicamente por Tallulah y Willa durante el proceso. La pregunta que el tribunal debía resolver era compleja: ¿qué derecho tenían dos hijas sobre la herencia de su padre si ese padre, cuando firmó su voluntad, aún no sabía que iban a existir?
La ley del estado de Nueva York ofrecía un camino posible. Dado que el testamento sí incluía a Cooper, las disposiciones a su favor podían interpretarse de manera que beneficiaran también a sus hermanas, en virtud de los derechos que la legislación neoyorkina reconoce a los hijos no contemplados en testamentos anteriores a su nacimiento. En términos prácticos, cualquier activo dirigido al fideicomiso de Cooper debería repartirse también con Tallulah y Willa. Sin embargo, como O’Donnell era la receptora principal y además la madre de los tres, la protección real de las niñas dependía, en última instancia, de ella.
El tribunal terminó aprobando la voluntad del actor tal como estaba redactada. O’Donnell recibió los 35 millones. El caso se convirtió en un ejemplo citado por abogados especializados en planificación patrimonial como ilustración de lo que ocurre cuando un documento legal no acompaña los cambios de la vida: el patrimonio llega a destino, pero el camino para las personas más vulnerables queda plagado de incertidumbres que ningún padre en sus cabales habría elegido voluntariamente.
El hombre detrás del papel
Para entender las decisiones de Hoffman en torno a su herencia, es necesario entender qué clase de hombre era. Mimi O’Donnell lo describió en una extensa carta publicada en Vogue como alguien “abierto, vulnerable y completamente honesto” sobre sus adicciones desde el principio de la relación. Lo recordó como un hombre “dulce, gentil y amoroso”.
Sin embargo, también narró el momento en que esa honestidad llegó a su límite: “Tan pronto como Phil empezó a usar heroína de nuevo, lo sentí, aterrorizada. Le dije: ‘Vas a morir. Eso es lo que pasa con la heroína’. Cada día estaba lleno de preocupación. Cada noche, cuando salía, me preguntaba: ¿Lo volvería a ver?”.
El deterioro fue rápido. Cuando Hoffman regresó de Atlanta tras el rodaje de Los juegos del hambre, O’Donnell llamó a varias personas para pedirles que lo tuvieran vigilado. Tres días después, él ya estaba muerto. “No estaba preparada. No hubo sensación de paz ni de alivio, solo un dolor feroz y una pérdida abrumadora”, escribió en Vogue. “Lo más difícil —lo imposible— fue pensar: ¿Cómo les digo a mis hijos que su papá acaba de morir? ¿Cuáles son las palabras?”.

Años después, O’Donnell encontró una manera de hablar de él con sus hijos sin que el dolor lo aplastara todo. “Hablamos de él constantemente, solo que ahora podemos hacerlo sin llorar de inmediato. Cuando miro atrás y pienso en lo unidos que estábamos todos, me pregunto si Phil de alguna manera sabía que iba a morir joven. Nunca lo dijo con palabras, pero vivió su vida como si el tiempo fuera precioso”.
La herencia real
Los 35 millones fueron a O’Donnell. Cooper recibirá su parte a los 25 y a los 30. Las niñas quedaron a merced de lo que la ley pudo interpretar y de lo que su madre decida en el futuro. Pero existe otra herencia, la que no tiene precio de mercado ni trámite judicial.
Cooper Hoffman tiene hoy 22 años y una carrera actoral en curso. Su debut llegó con Licorice Pizza (2021) —dirigida por Paul Thomas Anderson, el mismo cineasta que trabajó con su padre en Magnolia, Punch-Drunk Love y The Master— y la actuación le valió una nominación al Globo de Oro. Creció en Manhattan rodeado de cultura, tal como su padre quería. Y eligió el mismo oficio, aunque al precio de una ausencia que ningún testamento podía contemplar.
“Él es mi actor favorito, pero también es mi papá. Y tampoco está aquí”, dijo en una entrevista con GQ. “Mucha gente idolatra a sus padres porque son grandes padres. Es algo diferente idolatrar a tu padre porque amás su arte”.
Y sobre lo que se perdió con su muerte, Cooper fue igual de directo: “El único con quien realmente quería hablar era con mi papá. Me encantaría su consejo. Y también simplemente amaría tener a mi papá”.


