El acuerdo comercial entre la UE e India no es tanto un gesto de entusiasmo liberal como un acto de adaptación a un mundo crecientemente irritable. El comercio internacional atraviesa una fase de cólera contenida: aranceles, pugna tecnológica y una desconfianza estructural que ha sustituido a la cooperación como principio organizador del sistema económico global. India aparece en este contexto como un socio tan necesario como oportuno. Es la gran economía emergente que crece con más fuerza, con una población joven, una clase media en expansión y una clara voluntad de ocupar un lugar central en las cadenas de valor del siglo XXI. Para la UE, avanzar en un acuerdo con Nueva Delhi supone diversificar mercados, reducir dependencias excesivas —particularmente de China— y reforzar su presencia en Asia, hoy epicentro de la competencia económica y geopolítica.
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