Los dólares del campo siguen fluyendo como gran sostén de la economía argentina. En marzo, la agroindustria liquidó más de US$ 2000 millones, que suman US$5100 millones en el primer trimestre.
Es una cifra muy parecida a las compras de divisas del Banco Central (BCRA), US$4385 millones (en el trimestre), que permitieron contener el tipo de cambio y la inflación, además de cubrir el 43% de la meta mínima de US$10.000 millones que se había fijado para todo este año.
Con todo, el BCRA logró retener sólo 21% de los dólares que compró entre enero y marzo. Así, las reservas brutas apenas aumentaron US$924 millones, hasta US$42.091 millones.
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Sin embargo, por las retenciones y otros impuestos que capturan desde el Estado gran parte de lo que genera la amplia cadena de base agropecuaria, con sus industrias y servicios asociados, las mujeres y varones que trabajan en esa red federal de múltiples actividades, ven poco del boom que invocó el ministro de Economía, Luis Caputo.
Los beneficios que implica producir alimentos y energía en cantidades que otros países envidian (por eso cotizan bien en el mundo), se diluyen antes de que lleguen a los bolsillos de empresas y productores.
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Está claro que otros sectores de actividad no tienen siquiera esa posibilidad relativa, pero mal de muchos no debería ser consuelo de tontos.

El motor productivo de la Argentina (que sólo es líder mundial en fútbol y en agroindustria, dicho sea de paso) funciona a media máquina porque los impuestos se llevan entre la mitad y dos tercios de la renta agrícola.
El dato más crítico es el del trigo, que llega al 104,4%, porque “la carga impositiva es mayor a la renta generada y el resultado económico no alcanza siquiera para cubrir el pago de los impuestos”, según advierte Fiorella Savarino, economista de la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de la Argentina (FADA).
Sería distinto si la renta del campo quedara como capital de trabajo en manos de los que lo generan. No hay que inventar la pólvora.
En Brasil, por ejemplo, con políticas que trascienden a los partidos políticos, han reducido la pobreza sin divagar con fórmulas de supuesto equilibrio socio-laboral, que en las últimas décadas aquí sólo han provocado estancamiento.
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Encima, los costos aumentan por la guerra. Porque no es cuestión de poner una semillita y listo: detrás de los altos niveles productivos hay mucha gente y muchos recursos puestos en juego desde la tierra y los fertilizantes hasta los desarrollos científicos y operativos.
Por supuesto otra amenaza es el clima. Hoy hay anegamientos en varias zonas del centro bonaerense que amenazan la cosecha.
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un contexto de escasas inversiones en infraestructura, de larga data, que no retribuye en caminos rurales ni en obras hídricas los impuestos y tasas que se cobran, desde la Nación hasta los municipios.
Con todo, las economías regionales de base biológica siguen ofreciendo oportunidades. Todavía se puede seguir mirando el medio vaso lleno. No como consuelo, sino para no perder la esperanza.
