Análisis de Sesgos & Métricas
- Esta estrategia no solo aseguraba alimento, sino que también permitía a los depredadores sobrevivir con heridas que, en otras circunstancias, les habrían condenado.
- Los depredadores del Jurásico prosperaban gracias a un recurso tan abundante como trágico: los indefensos bebés de los dinosaurios más grandes del planeta.
Análisis de relevancia para la opinión pública y el entendimiento de la actualidad.
Un nuevo estudio revela que las crías de dinosaurios eran presa habitual de los depredadores del Jurásico tardío. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
Creado: Actualizado:
Durante el Jurásico tardío, hace aproximadamente 150 millones de años, el oeste de lo que hoy es Estados Unidos albergaba un ecosistema de una riqueza impresionante. Entre helechos, coníferas y ríos que serpenteaban vastas llanuras, vivían algunos de los dinosaurios más icónicos de la historia natural. Sin embargo, bajo la sombra majestuosa de colosos como el Diplodocus o el Brachiosaurus, se libraba una lucha cotidiana, silenciosa y brutal: la de los bebés de estas especies, abandonados a su suerte, enfrentando su destino como presas ideales para los depredadores dominantes de la época.
Una investigación reciente publicada en el New Mexico Museum of Natural History and Science Bulletin y liderada por el paleontólogo Cassius Morrison de University College London ha reconstruido con gran detalle la red trófica del yacimiento de Dry Mesa en Colorado. Este lugar, una verdadera cápsula del tiempo fósil, ha permitido vislumbrar cómo funcionaba realmente una comunidad ecológica jurásica. Y la conclusión es tan fascinante como trágica: los dinosaurios más grandes que han existido comenzaron sus vidas como “bocados fáciles” que alimentaban a los carnívoros más temibles de su tiempo.
El ecosistema de Dry Mesa: una red de más de 12.000 cadenas alimentarias
El estudio se centró en Dry Mesa, un yacimiento fósil perteneciente a la Formación Morrison, una de las más prolíficas del planeta en cuanto a restos de dinosaurios del Jurásico. Allí se han identificado al menos seis especies diferentes de saurópodos —entre ellas Diplodocus, Apatosaurus, Camarasaurus y Supersaurus— que convivieron con una variedad igual de notable de depredadores como Allosaurus, Torvosaurus, Ceratosaurus y otros terópodos de menor tamaño pero gran agilidad.
Utilizando herramientas propias de la ecología moderna, el equipo reconstruyó más de 12.000 cadenas alimentarias potenciales. El resultado no fue una simple pirámide trófica, sino una red densamente interconectada en la que los saurópodos, curiosamente, no solo cumplían el rol de consumidores de plantas. Su descendencia —los bebés de estas especies colosales— resultaba esencial para la subsistencia de los carnívoros del ecosistema.
Aunque los adultos eran prácticamente intocables por su tamaño —algunos sobrepasaban los 30 metros de longitud—, sus crías eran otra historia. Recién salidos del cascarón, apenas medían poco más de medio metro de altura y, lo que es más sustancial, no contaban con protección parental. La evidencia fósil apunta a que, al igual que muchas tortugas marinas actuales, los saurópodos ponían sus huevos y luego se marchaban. Esto dejaba a los pequeños completamente expuestos durante los primeros años de vida, un periodo en el que eran lentos, blandos y sin defensa alguna.
Las crías de dinosaurios de cuello largo eran el tentempié ideal para los depredadores jurásicos. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez
Depredadores eficientes y presas fáciles
El ecosistema jurásico estaba plagado de cazadores especializados. Allosaurus, el más conocido de todos, rondaba los 8 metros de largo y probablemente cazaba en grupo, aunque este punto sigue siendo debatido. Le seguían Torvosaurus, aún más preponderante y musculoso; Ceratosaurus, con su distintivo cuerno nasal; y otros carnívoros menores como Marshosaurus y Stokesosaurus. Todos ellos, desde el más preponderante hasta el más ágil, coincidían en algo: los bebés saurópodos eran su presa ideal.
Cazar un adulto era peligroso. Bastaba un solo coletazo de un Brachiosaurus adulto para partir huesos o matar. Pero capturar a una cría, escondida en la maleza o desplazándose torpemente entre los helechos, requería poco esfuerzo y prometía un buen aporte energético. Era una ecuación simple: menor riesgo, alta recompensa. Esta estrategia no solo aseguraba alimento, sino que también permitía a los depredadores sobrevivir con heridas que, en otras circunstancias, les habrían condenado. Algunos fósiles de Allosaurus revelan lesiones terribles, probablemente infligidas por la cola espinada de un Stegosaurus, que muestran signos de haber cicatrizado: estos individuos heridos vivieron lo suficiente gracias, quizá, a una dieta fácil basada en crías vulnerables.
La paradoja de la abundancia: ¿una crianza desechable?
El modelo reproductivo de los saurópodos parece haber apostado por la cantidad por encima del cuidado. Poniendo cientos de huevos en cada temporada, estos gigantes confiaban en que al menos unos pocos lograrían alcanzar la edad adulta. Esta estrategia, muy común en reptiles actuales, implica necesariamente una alta tasa de mortalidad infantil. En términos ecológicos, los pequeños saurópodos funcionaban como “base alimentaria móvil” para toda la cadena trófica carnívora.
Esta abundancia de crías disponibles ayudaba a mantener una alta densidad de depredadores en el ecosistema, un equilibrio delicado en el que la muerte temprana de múltiples garantizaba la supervivencia de unos pocos. Paradójicamente, los gigantes más imponentes de la historia natural sustentaban su propio éxito evolutivo sacrificando a miles de sus descendientes a los colmillos de los carnívoros.
Para los carnívoros del Jurásico, los bebés saurópodos eran un bocado irresistible. Foto: Sergey Krasovskiy/Pedro Salas
La extinción del recurso y la evolución de nuevos superdepredadores
La importancia de estas crías no se limita al Jurásico. El estudio también sugiere que su declive —especialmente durante el Cretácico tardío, cuando los saurópodos escaseaban en muchas regiones— pudo haber sido un factor decisivo en la evolución de carnívoros más especializados y agresivos, como el célebre Tyrannosaurus rex.
A diferencia de los ecosistemas del Jurásico, donde abundaban las presas fáciles, en tiempos del T. Rex las opciones eran más escasas y peligrosas. Animales como Triceratops representaban desafíos serios: armados con tres cuernos y una gran gola ósea, eran cualquier circunstancia menos una presa fácil. Esta presión selectiva pudo haber impulsado la aparición de rasgos como mandíbulas más potentes, sentidos más agudos y un mayor tamaño corporal, características que definieron a los superdepredadores del Cretácico.
Reescribiendo la historia de la ecología jurásica
Gracias al trabajo liderado por el equipo de UCL, hoy tenemos una visión más matizada de los ecosistemas del pasado. No eran simples escenarios dominados por dinosaurios enormes y batallas titánicas entre gigantes. También eran espacios de sutilezas ecológicas, donde la vulnerabilidad de los más pequeños definía las reglas de juego para los más grandes.
El hallazgo no solo ayuda a entender mejor cómo funcionaban los ecosistemas del pasado, sino que abre nuevas vías para comparar etapas evolutivas distintas. Saber que los carnívoros del Jurásico dependían de las crías indefensas de los saurópodos para sobrevivir nos obliga a replantear los ciclos de vida y las relaciones ecológicas de muchas especies extinguidas.
A veces, para comprender el reinado de los gigantes, hay que mirar más de cerca a los que apenas podían sostenerse en pie.


