Una cápsula del tiempo enterrada en 1957 prometía entregar un coche impecable medio siglo después, pero la realidad bajo el suelo de Tulsa escondía un desenlace que nadie supo prever.
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CARLOS ESPINOSA Actualizado "> 08/04/2026 08:39 Central European Summer Time ">CEST Corría un caluroso 15 de junio de 1957 cuando la ciudad de Tulsa , en el estado de Oklahoma (EE.
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CARLOS ESPINOSA
Actualizado
Corría un caluroso 15 de junio de 1957 cuando la ciudad de Tulsa, en el estado de Oklahoma (EE. UU), decidió realizar una apuesta algo alocada contra el paso del tiempo. Decenas de ciudadanos se agolparon frente al Palacio de Justicia para presenciar un evento que parecía sacado de una novela de ciencia ficción. Frente a ellos había un enorme agujero en el suelo que aguardaba la llegada de un coche, que por entonces era uno de los símbolos de la prosperidad en Estados Unidos. Lo iban a enterrar. Y el reto era conseguir que el ataúd fuera tan eficaz, que cuando el coche se desenterrara, 50 años después, el coche estuviera en perfecto estado, más allá de pequeños detalles como unas gomas pasadas.
El coche, minutos antes de ser enterrado en 1957.Plymouth.
El protagonista de aquella loca aventura era un flamante Plymouth Belvedere de aquel mismo año, una joya del diseño que lucía una carrocería bitono en dorado y blanco. Aquel coche pertenecía a la estética de la carrera espacial, con sus enormes aletas traseras propias de un cohete y un frontal cromado que debía resultar deslumbrante en verano. Su odómetro apenas marcaba cuatro millas de recorrido.
Plástico y cemento
Por alguna razón, 'bautizaron' al coche como Miss Belvedere, tratándolo con el respeto que se le otorga a una reina que parte hacia un largo exilio. Así que los operarios lo cubrieron con una fina capa de plástico protector antes de iniciar la maniobra de descenso hacia las entrañas de la ciudad.
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El cartel junto al coche anunciaba el concurso para adivinar la población de Tusla en 2007.Plymouth.
El cartel junto al coche anunciaba el concurso para adivinar la población de Tusla en 2007.Plymouth.
La tumba no era un simple hueco en la tierra, sino un búnker de hormigón armado con paredes de grosor considerable, y los promotores de la idea aseguraban que la estructura podía resistir incluso el impacto de una bomba nuclear en pleno centro urbano. Dentro de la fosa, junto al coche, colocaron varios bidones con gasolina y aceite de la época, por si acaso en el lejano y futurista 2007 esos productos ya no existían. También incluyeron objetos cotidianos en la guantera y el maletero, como un paquete de cigarrillos, una barra de labios y una caja con cervezas de una marca local. El objetivo era crear una instantánea perfecta de la vida americana de mediados de siglo, como un mensaje guardado en una botella de cemento que aguardaba ser rescatado por sus descendientes.
Concurso nacional
Para añadir emoción al asunto, los promotores de la aventura lanzaron un concurso nacional donde los participantes debían adivinar cuánta población exacta tendría Tulsa en 2007. El premio para quien más se aproximara a la cifra real (si es que seguía vivo) era aquel Plymouth Belvedere dorado, junto con una cuenta de ahorros que generaría intereses durante cinco décadas.
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El coche, dentro ya de su urna de cemento.Plymouth.
El coche, dentro ya de su urna de cemento.Plymouth.
Antes del entierro, miles de personas habían enviado sus tarjetas postales con sus predicciones, que quedaron custodiadas en un recipiente de acero dentro del mismo búnker. Tras ello, la tapa de hormigón se cerró finalmente, sellando el destino de Miss Belvedere en una fiesta en la que no faltó ni la música de bandas locales.
Ceremonia de bienvenida
Las décadas transcurrieron. El mundo vivió la conquista de la Lunay la llegada de internet. Bajo el césped del juzgado, el coche permanecía en un silencio absoluto, ajeno a las crisis económicas y a las transformaciones sociales que ocurrían sobre su techo de cemento. Pocos recordaban aquel enterramiento hasta que el calendario marcó el año 2007. La expectación renació con una fuerza inusitada, atrayendo a periodistas de todos los continentes que deseaban presenciar aquella especie de milagro de la arqueología industrial. La ciudad incluso preparó una ceremonia televisada, instalando gradas y pantallas gigantes para que nadie se perdiera el momento en que el dorado Plymouth volviera a brillar.
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El coche, en el proceso final de su enterramiento.Plymouth.
El coche, en el proceso final de su enterramiento.Plymouth.
Sin embargo, los primeros indicios durante la exhumación resultaron inquietantes. Cuando los operarios comenzaron a perforar la zona superior del búnker, detectaron la presencia de una humedad excesiva en las paredes exteriores. La atmósfera de celebración comenzó a teñirse de una duda razonable entre las autoridades. Cuando la grúa retiró la placa superior de hormigón, un silencio sepulcral recorrió la multitud: el interior de la cripta estaba lleno de un agua turbia que cubría el coche por completo. El supuesto refugio atómico había fallado en su misión más básica, que era mantener el habitáculo seco. Unas bombas de extracción trabajaron durante horas para retirar el líquido, revelando poco a poco el aspecto de un coche que no guardaba ninguna semejanza con el que habían bajado en 1957.
No fue lo esperado
El ascenso de Miss Belvedere hacia la superficie fue un espectáculo no fue menos desolador. El coche emergió cubierto por una espesa capa de barro rojizo que ocultaba por completo su pintura dorada. El óxido había devorado gran parte de los cromados, y la suspensión delantera había colapsado, dejando al coche en una postura que parecía una derrota. Los neumáticos estaban deformados por el peso, pero lo peor estaba en el interior. Allí, las tapicerías rojas eran un nido de moho y podredumbre donde los materiales sintéticos se deshacían casi con el simple contacto del aire exterior. La cápsula del tiempo se había convertido, en realidad, en un acuario de corrosión lenta.
Momento de la exhumación del coche, en 2007.Plymouth
La explicación de aquel desastre residía en la presión del agua subterránea y en la porosidad del hormigón empleado. Durante años, Tulsa sufrió inundaciones que pusieron a prueba las juntas del búnker. El agua encontró pequeñas fisuras por las que filtrarse, llenando el espacio centímetro a centímetro hasta que el Plymouth quedó totalmente sumergido. La ausencia de ventilación y la presencia de minerales en el agua aceleraron un proceso químico que destruyó incluso piezas metálicas muy robustas. Los objetos de la guantera eran en el contexto actual una masa informe de papel mojado y metal corroído. Aquella supuesta protección eterna falló debido a un exceso de confianza en la durabilidad de los materiales de construcción frente a la persistencia de la naturaleza.
Frenar el deterioro
A pesar de la tragedia visual, una empresa especializada en limpieza química intentó salvar lo que quedaba del vehículo. Pasaron meses aplicando productos diseñados para frenar el avance del óxido, logrando revelar algunas zonas del brillo dorado original en el techo y el capó. Aun así, la estructura interna estaba tan dañada que cualquier intento de encender el motor resultaba una tarea imposible.
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El coche, en su actual emplazamiento, un museo en Illinois.Plymouth.
El coche, en su actual emplazamiento, un museo en Illinois.Plymouth.
¿Y qué pasó con el ganador del concurso? Por suerte, la urna había corrido mejor suerte y se pudo comprobar que el ganador era un hombre llamado Raymond Humbertson, que casi había dado con la cifra exacta. Pero, por desgracia, Raymond había muerto en 1979, por lo que el premio pasó a sus hermanas ancianas, Catherine y Levada. Así que ambas recibieron aquel montón de hierro oxidado con una mezcla de sorpresa y melancolía, comprendiendo que el valor del coche no era más que sentimental e histórico. El coche, por cierto, no acabó en la chatarrería, y hoy Miss Belvedere descansa en un museo de Illinois.