Franco Mastantuono no se creyó Messi. Cuando entró en el vestuario del estadio Atahualpa de Quito, en una de las ausencias de Lionel, encaró directo hacia donde tenía que estar su camiseta, la 21, la que había usado días antes contra Venezuela. Los utileros llegan a los estadios horas antes que los planteles y preparan la indumentaria por orden numérico de los jugadores. Rápido vio que esa noche aquel dorsal le tocaría a Alan Varela. Y que al lado de la 9 de Julián Alvarez estaban sus pertenencias. Pasaron seis meses. El 10 de la selección de aquel partido hoy no sabe si irá al Mundial.
Mastantuono no se cree Messi. Tampoco “la peor compra del Real Madrid”. Así lo dijo a principios de año, ya envuelto en la irregularidad y algunas críticas. Había convertido un gol en la Champions, contra el Mónaco, en el que probablemente haya sido su mejor partido con la camiseta más ganadora del mundo. Pocos habrán reparado en otra frase de aquella vez: “Me sentía preparado (para una transferencia), pero eso me llevó a un cambio de vida. Nunca tuve un momento malo. Ser una persona alegre que siempre quiere mejorar me va a llevar a la versión que quiero”. Por idioma y costumbre, Madrid no parece requerir una gran adaptación con respecto de Buenos Aires. Pero hoy Franco reconoce en intimidad que le costó más de lo que imaginaba. Incluso se mostró bajoneado, como si no hubiese pasado antes por situaciones de hostilidad. Ese “momento malo” llegó. La mentalidad que llevó a que se lo relacionase con el tenista que pudo haber sido tiene doble cara. Al muy racional a veces le cuesta salir.
El cuerpo técnico de la selección se encontró frente a una disyuntiva: priorizar la condición repetida de que los jugadores deben tener continuidad en sus equipos o cobijar a un indiscutido del futuro mientras se arregla su presente. La búsqueda de la excelencia contra la cercanía al jugador, dos claves de la gestión de Lionel Scaloni. Eligió la primera. Nadie puede negar la coherencia de una selección armada más allá de los nombres: el que juega y lo hace bien es parte; el que pierde lugar o baja nivel le abre una puerta a otro. También es cierto que, en una lista sin límite de convocados para un par de amistosos livianos, podrían haber hecho una excepción. Thiago Almada también está jugando poco en el Atlético de Madrid. No le venía mal a Mastantuono recibir una caricia en el seleccionado. O no sumar desplantes. Ampliada la lista el viernes, su nombre reapareció.
Hay carreras predestinadas a que se hable de ellas. La de Mastantuono es un ejemplo: debutó a los 16 años, su juego llamó la atención temprano, se lo disputaron los clubes más grandes, decidió irse del River de Gallardo a los 17 y llegó al club donde nunca no hay ruido. En estas montañas rusas, el riesgo es caer en la pregunta de si fueron exagerados los pronósticos sobre su proyección. Sin el futuro claro, la incógnita sólo puede responderse desde los gustos de cada uno. Pero un par de meses no pueden descartar los elogios de colegas, formadores y entrenadores de la élite. El talento puede tardar en volver a mostrarse, pero no desaparece. Mucho menos pudo haberse simulado.
Es notable cómo el Real Madrid puede elevar a un jugador o hundirlo. Si no desentona en un plantel brillante, un joven adquiere más cotización; si no se destaca en un Madrid irregular, puede generar dudas. A Mastantuono le pasó de todo en estos ocho meses desde su llegada: el flojo nivel general, la salida del técnico (Xabi Alonso) que lo había pedido, luego de que este quisiera aferrarse en el cargo con una formación más defensiva que lo desplazó, la resistencia del público al equipo (pañoladas incluidas) y una pubalgia que, aseguran en su entorno, todavía no lo tiene en plenitud. Incluso recientemente lo expulsaron; el árbitro Alejandro Muñiz Ruiz escribió en el informe que le dijo “vaya, puta vergüenza” y el argentino lo negó en el vestuario con un simple argumento: no habla de esa manera.
En algún punto imaginaba que no estaría en la lista de Scaloni. La falta de ritmo en su club lo relegó en la selección. Jugó sólo un cuarto de hora en la serie de Champions contra el City. Cumplió dos fechas de suspensión en la liga. Fue suplente en los anteriores cuatro partidos, contando ambas competencias, y se quedó sentado en el banco en tres. El día de la roja contra el Getafe, había entrado con evidente pérdida de confianza; fallaba en los controles, una de sus mayores virtudes, y no le salía la gambeta, otra. Mientras, Nicolás Paz tiene el lugar ganado desde su buena actualidad en el Como, y Gianluca Prestianni ratifica en el Benfica el atrevimiento que ya le vieron en el predio de Ezeiza.
En un club mediano jugaría más, claro. Sucede que uno de esos no hubiese podido pagar su cláusula de rescisión. Tampoco lo hubiera motivado al propio Mastantuono, que eligió la posibilidad de ser cola de león antes que cabeza de ratón. A mayor inversión, mayor riesgo. Su fútbol es su mejor reaseguro. Y la cantidad de partidos que le esperan al Madrid, un buen complemento. Todavía no habría que descartarlo para el Mundial. En la velocidad de su corta trayectoria, no sorprendería que le reaparezcan las chances en el equipo, esta vez las aproveche y Scaloni le haga un lugar en la lista final. No con el 10, claro. Con la 21, una chapa que le permita no quemar etapas y simplemente demostrar.


