Un barco mercante de hace 3.300 años, hundido en pleno mar abierto, demuestra que los navegantes de la Edad del Bronce dominaban el Mediterráneo mucho mejor de lo que pensábamos.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante décadas, los historiadores y arqueólogos han repetido una idea casi incuestionable sobre la navegación antigua: en la Edad del Bronce, los marinos preferían no perder nunca de vista la costa. El mar abierto era, en teoría, un territorio hostil, imprevisible y demasiado arriesgado para embarcaciones construidas con tecnología limitada. Sin embargo, un hallazgo en el fondo del Mediterráneo oriental ha puesto en jaque esta certeza académica. A casi dos kilómetros de profundidad y a más de 90 kilómetros de la costa actual de Israel, un cargamento de ánforas cananeas intactas ha emergido como una cápsula del tiempo que obliga a reescribir la historia de la navegación antigua.
El descubrimiento no se produjo en una excavación arqueológica convencional ni fue fruto de una búsqueda deliberada. Como ocurre cada vez más en la arqueología del siglo XXI, fue la tecnología industrial la que abrió la puerta al pasado. Durante un estudio ambiental de rutina en aguas profundas, un robot submarino detectó una imagen inesperada: decenas, quizá cientos, de grandes recipientes de cerámica amontonados sobre el lecho marino. A simple vista, aquello no parecía una formación natural. Era algo mucho más antiguo… y mucho más importante.
Un barco de la Edad del Bronce en el reino de la oscuridad
Las primeras evaluaciones no tardaron en confirmar lo extraordinario del hallazgo. Las vasijas correspondían a ánforas cananeas, un tipo de recipiente ampliamente utilizado en el comercio del Mediterráneo oriental durante los siglos XIV y XIII a. C., en plena Edad del Bronce tardía. Este tipo de cerámica servía para transportar productos agrícolas básicos —aceite de oliva, vino, miel o resinas— en grandes cantidades, lo que apunta de forma clara a un barco mercante.
El lugar del hallazgo es, por sí solo, una anomalía histórica. El pecio se encuentra a unos 1,8 kilómetros de profundidad, en una zona donde la luz solar no penetra y donde la presión aplasta cualquier estructura moderna mal preparada. Nunca antes se había documentado un naufragio tan antiguo a semejante profundidad en el Mediterráneo. De hecho, es el barco más antiguo jamás localizado en aguas profundas en todo el mundo.
La embarcación, según las estimaciones realizadas a partir de la dispersión del cargamento, tendría entre 12 y 14 metros de eslora. No se observan restos evidentes del casco, probablemente enterrado bajo sedimentos finos, pero la disposición de las vasijas sugiere que el barco se hundió de forma relativamente rápida, sin que la tripulación tuviera tiempo de aligerar la carga para intentar salvarlo.

Navegar sin ver tierra: el fin de una vieja creencia
Hasta ahora, el conocimiento sobre el comercio marítimo de la Edad del Bronce se basaba en apenas dos grandes naufragios con carga, los de Cabo Gelidonya y Uluburun, ambos descubiertos cerca de la costa turca. Estos hallazgos reforzaron la idea de que los barcos antiguos practicaban una navegación de cabotaje, avanzando de puerto en puerto y manteniendo siempre referencias visuales terrestres.
El nuevo naufragio desmonta esa hipótesis de forma contundente. A más de 90 kilómetros de la costa, ningún promontorio, isla o referencia terrestre sería visible. Desde ese punto del mar, solo existe el horizonte. La única explicación posible es que los marinos de la Edad del Bronce dominaban técnicas de navegación astronómica mucho más avanzadas de lo que se creía.
Sin brújulas, sextantes ni instrumentos ópticos, aquellos navegantes debían orientarse mediante la observación del sol, las estrellas y los ciclos celestes. Este conocimiento no solo requería experiencia práctica, sino también una transmisión cultural sofisticada, probablemente reservada a marinos especializados y rutas comerciales bien establecidas.
Un Mediterráneo conectado mucho antes de lo pensado
El cargamento del barco apunta a redes comerciales de gran alcance. Las ánforas cananeas se producían en talleres del Levante mediterráneo, pero sus contenidos viajaban muy lejos. Este pecio sugiere rutas directas entre las costas de Canaán, Chipre, Creta y el mundo micénico, sin necesidad de bordear continuamente la línea costera.

En el siglo XIV a. C., el Mediterráneo oriental era un espacio intensamente conectado. Egipto, las ciudades-estado cananeas, el Imperio hitita y las potencias del Egeo mantenían relaciones diplomáticas, económicas y culturales complejas. El comercio marítimo era la columna vertebral de ese sistema, transportando no solo mercancías, sino ideas, tecnologías y símbolos de poder.
Este barco, perdido en el mar abierto, refuerza la idea de un Mediterráneo mucho más dinámico y globalizado de lo que solemos imaginar para una época tan remota. No se trataba de intercambios esporádicos, sino de rutas regulares que exigían planificación, conocimientos astronómicos y una notable confianza en la navegación de altura.
Un yacimiento intacto, congelado en el tiempo
Uno de los aspectos más fascinantes del hallazgo es su estado de conservación. A esa profundidad, el fondo marino permanece estable, sin corrientes intensas ni intervención humana. No hay redes de pesca, anclas modernas ni buceadores furtivos. El resultado es un contexto arqueológico prácticamente intacto, donde el tiempo parece haberse detenido en el momento exacto del naufragio.
Este tipo de conservación es excepcional. En aguas poco profundas, los restos suelen ser alterados por tormentas, actividad biológica o la acción humana. Aquí, en cambio, cada vasija se encuentra casi en la misma posición en la que cayó hace más de 3.300 años. Para la arqueología, se trata de una oportunidad única de estudiar el comercio antiguo sin las distorsiones habituales.
Por ese motivo, solo se han recuperado dos ánforas, con extremo cuidado, para su análisis. El resto del yacimiento permanecerá, por ahora, en el fondo del mar, preservado para futuras generaciones y tecnologías más avanzadas.

Cuando la industria tropieza con la historia
El descubrimiento también ilustra una tendencia cada vez más habitual: muchos de los grandes hallazgos arqueológicos submarinos del presente siglo no proceden de misiones científicas, sino de actividades industriales. La exploración de recursos energéticos, cables submarinos y estudios geológicos está cartografiando zonas del océano nunca antes observadas con tanto detalle.
En este caso, la colaboración entre una empresa energética y la Autoridad de Antigüedades de Israel permitió no solo identificar el hallazgo, sino también protegerlo y estudiarlo sin ponerlo en peligro. Es un ejemplo de cómo la arqueología y la industria pueden coexistir cuando existe voluntad de preservar el patrimonio común.
Este barco, silencioso y oculto durante milenios, no es solo un vestigio del pasado. Es una advertencia contra las certezas históricas demasiado cómodas. Bajo el mar, todavía quedan historias capaces de cambiar lo que creíamos saber.


