Bruno Altieri
11 de feb, 2026, 19:54
¿En qué momento el deshonor pasó a ser una herramienta válida para conseguir cosas en la NBA? ¿Acaso un fin puede justificar medios indignos?
Jaren Jackson Jr se ríe en el banco de suplentes. Agita una toalla para alentar a sus compañeros. Se pone ahora de pie y salta. Está sano, en plenitud, llegado hace pocos días de Memphis Grizzlies. A su lado, Lauri Markannen bebe de una botella. Jusuf Nurkic se toma el rostro con las manos. Utah Jazz está en plena competencia para ganar el partido contra Orlando Magic, liderando con ventaja máxima de 94-77 con 1:40 en el tercer cuarto. A modo de contexto, han pasado apenas tres meses y medio de competencia, el trade deadline ya es pasado, y estamos a horas del All-Star de Los Angeles.
Will Hardy, el coach de Utah, decide que sus titulares, algunos estrellas, no saldrán a la cancha. Utah termina perdiendo 120-117 ante un equipo de Orlando que pelea por ir a los playoffs. Hardy ya lo hizo una vez en un juego anterior, pero no será excepción. Acepta que será regla y reincidirá en el cometido. Los jugadores, muchos de ellos seguidos por niños (y no tan niños) con sus apellidos en las camisetas, ni siquiera se inmutan con la decisión. Poderoso caballero es Don Dinero: los jugadores, multimillonarios con contratos siderales, ni siquiera tienen que trabajar para llevarse el dinero a casa. Se hace todo fácil. Y el entrenador ayuda: cumple, por supuesto, obediencia debida con los que pagan.
Lo de Utah es inadmisible por donde se lo mire, porque es un disparo al corazón de la ética deportiva. De la integridad de una competencia que ya no tiene reparos en mostrar el decorado. Cuando la narrativa se contamina, cuando dejamos de creer, se pierde la magia. Todos sabemos que aquel hombre que hace de Ricardo III no es efectivamente Ricardo III, pero yo necesito creer por dos horas que lo es. El deporte, en algunos apartados, es como el teatro: una ficción que nos invita a enamorarnos en conjunto.
Nunca un equipo había dejado en manifiesto tan temprano el hecho de dejarse perder por un beneficio futuro. En la era del Load Management, plagada de suspicacias que ocurren a diario, con mezcla de lesiones, "posibilidad de lesionarse" y resfríos de último momento, una franquicia enseña, a su manera, que nada es más importante que el negocio.
Ni siquiera los fanáticos que pagan una entrada en algunos casos, un abono en otras (para ir al estadio o para consumir por League Pass), y tienen todo el derecho del mundo a sentirse estafados.
El Jazz se movió en la fecha límite de intercambios y adquirió a Jackson Jr, John Konchar, Jock Landale (hoy en Hawks) y Vince Williams Jr. por Walter Clayton Jr., Kyle Anderson; Taylor Hendricks; Georges Niang y tres picks de primera ronda.
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La estrategia del Jazz es elegir entre los primeros ocho del próximo Draft. ¿Por qué? Deben una selección protegida entre esas posiciones al actual campeón, Oklahoma City Thunder, por lo que si el Jazz consigue del uno al ocho en el orden del draft, mantendrán su selección, y si es fuera de ese plazo, irá a OKC.
De ahí todo este papelón de entregar lo que venga a cambio de lo que sea.
Hay que ser justos de todos modos con Utah. El problema, más allá de las franquicias cómplices, lo tiene la NBA. Este sistema está perimido, desgastado, descontrolado. Hecha la ley, hecha la trampa: los Kings, los Pacers y los Wizards, son algunos otros casos de equipos que están bajo la lupa de la sospecha.
Vivimos en un mundo líquido, apresurado, volátil, que parece que acepta todo. Que nada puede ser cuestionado, ni siquiera actitudes que corrompen el sentido común: "Las cosas son así, te gusten o no". Bueno, voy a ser lo más claro que se pueda: las cosas así no me gustan para nada, porque en algún momento supieron ser muy distintas.
Hubo una época en la que ganar tenía un costo y no era para cualquiera. El triunfo nacía del mérito y el fanático no estaba, como ocurre hoy, al fondo de las prioridades. ¿En qué momento el deshonor pasó a ser una herramienta válida para conseguir cosas? ¿Acaso un fin puede justificar medios indignos?
No quiero que ningún niño o niña que empiece a ver básquetbol crea que esto puede ser un camino aceptable. Uno elige quien quiere ser, y créanme: no todo vale lo mismo. No quiero falsos ídolos ni engaños recurrentes. No quiero estantes vacíos y palabrerío de los impostores de la vida, de los ventajeros a ultranza: el camino honorable es posible y debe perseguirse hasta las últimas consecuencias. El hábito que provoca la integridad es una enseñanza esculpida sobre el mármol: se puede ir por la ruta más larga, pero más reconfortante, como es el caso de los Celtics, formando jugadores, compitiendo con energía y luchando para superar la lesión de Jayson Tatum y las bajas en el mercado, o se puede ser el Jazz, utilizando atajos para ir más rápido, pero no necesariamente más lejos.
La fábula de la tortuga y la liebre encuentra su analogía hoy en la NBA. No es lo mismo levantarse a las seis de la mañana, trabajar duro y conseguir un propósito con esfuerzo que apostar y ganarse la lotería. El fin puede ser o no el mismo, pero el camino es diferente. Una sola palabra distancia a uno del otro: dignidad.
Por la memoria de James Naismith, y de todos los que construyeron por décadas este milagro llamado básquetbol, debemos entonces ser abogados de un objetivo común: hacer que esa dignidad jamás se negocie.
Ni por promesas de paraísos posteriores.
Ni por nada que se interponga en el camino.



