Un estudio genético liderado desde Oxford revela que una comunidad aislada del sur de Grecia conservó linajes humanos de la Antigüedad cuando el resto de Europa ya había cambiado para siempre.
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e histórica
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Durante siglos, la historia europea asumió que el final de la Antigüedad fue una ruptura total. Con la caída del Imperio romano, el avance del cristianismo y las migraciones que transformaron los Balcanes, se dio por hecho que el mundo clásico había quedado definitivamente atrás. Sin embargo, en el extremo meridional de la Grecia continental, una comunidad siguió un camino distinto, casi invisible para los grandes relatos históricos.
Hoy, un estudio genético publicado en Communications Biology aporta pruebas sólidas de que esa excepción no fue solo cultural o anecdótica, sino también biológica. El trabajo, liderado por investigadores vinculados a la Universidad de Oxford, demuestra que los habitantes de esta región aislada del Peloponeso conservan una continuidad genética excepcional que enlaza directamente con poblaciones griegas de la Edad del Bronce, la época clásica y el periodo romano.
No se trata de una leyenda local ni de una reconstrucción romántica del pasado. Los datos genéticos encajan con lo que algunas fuentes medievales dejaron escrito hace más de mil años y que durante mucho tiempo fue recibido con escepticismo.
Un testimonio medieval que la historia dudó en creer
En el siglo X, un emperador bizantino describió a los habitantes de esta zona como descendientes directos de los antiguos helenos, ajenos a los pueblos que habían llegado durante las grandes migraciones altomedievales. Más aún, afirmaba que habían mantenido prácticas religiosas paganas siglos después de que el cristianismo se hubiera impuesto en el Imperio.
Durante generaciones, ese pasaje fue interpretado como una exageración o una curiosidad literaria. La nueva investigación genética, sin embargo, sugiere que aquel cronista no estaba tan equivocado. Los linajes masculinos analizados muestran una ausencia casi total de las huellas genéticas asociadas a las migraciones que transformaron el resto de Grecia y los Balcanes entre los siglos VI y VIII.

Geografía, aislamiento y supervivencia
La explicación no está en un supuesto excepcionalismo cultural, sino en algo más prosaico: el territorio. Montañoso, áspero, pobre en recursos agrícolas y de difícil acceso, este enclave fue durante siglos un lugar poco atractivo para invasores y colonos. La misma geografía que condenó a sus habitantes a una vida dura y violenta actuó como un eficaz sistema defensivo.
El estudio revela que la población atravesó un periodo crítico entre los siglos IV y VII, coincidiendo con una de las etapas más convulsas del Mediterráneo oriental. Epidemias, inestabilidad política y ataques costeros redujeron drásticamente el número de habitantes. A partir de ese colapso demográfico, un grupo muy reducido de familias logró sobrevivir y expandirse.
Los resultados son contundentes: más de la mitad de los varones actuales descienden de un único antepasado masculino que vivió alrededor del siglo VII. Una concentración genética extrema, propia de comunidades sometidas a largos periodos de aislamiento y escaso crecimiento poblacional.
Cuando la genética se refleja en la arquitectura
Uno de los aspectos más llamativos del estudio es la coherencia entre los datos genéticos y el paisaje histórico. La distribución de los principales linajes coincide de forma sorprendente con la localización de las características construcciones megalíticas y las torres defensivas que aún dominan el territorio.
No es una simple coincidencia. Los investigadores plantean que muchas familias actuales podrían descender directamente de las comunidades que levantaron esas estructuras durante la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media. La genética, en este caso, no solo confirma una continuidad humana, sino que ayuda a reinterpretar el propio paisaje arqueológico.
Lejos de ser un territorio marginal sin historia, este espacio aparece ahora como un laboratorio natural para estudiar cómo algunas comunidades resistieron el colapso del mundo romano sin integrarse plenamente en el nuevo orden medieval.

Linajes masculinos estables, mujeres venidas de lejos
Si el ADN paterno dibuja una historia de continuidad casi ininterrumpida, el análisis de las líneas maternas ofrece un panorama muy distinto. La diversidad genética femenina es notablemente mayor y conecta a la población con regiones del Mediterráneo oriental, el Cáucaso, Europa occidental e incluso el norte de África.
Esta diferencia refleja una sociedad profundamente patriarcal, organizada en torno a clanes masculinos muy arraigados al territorio. Los hombres permanecían, mientras que las mujeres llegaban de fuera a través de matrimonios puntuales. No hubo grandes flujos migratorios femeninos, sino una integración lenta y selectiva a lo largo de los siglos.
Este patrón ayuda a entender tanto la estructura social histórica como la pervivencia de apellidos, genealogías y tradiciones familiares que todavía hoy tienen un peso notable en la identidad local.
Mitos de origen y memoria colectiva
Durante siglos, muchas familias reivindicaron descender de nobles bizantinos, funcionarios imperiales o guerreros foráneos. El análisis genético no respalda estas genealogías en sentido literal. La mayoría de los clanes procede de linajes locales muy antiguos, no de élites llegadas en época medieval.
Pero reducir esas historias a simples falsedades sería un error. Como señalan los propios investigadores, la identidad no se construye solo con ADN. En sociedades fragmentadas y marcadas por la violencia, reclamar un origen prestigioso era una forma de legitimación social y cohesión interna.
La genética no invalida esos relatos; los sitúa en su contexto simbólico.

Un caso único para repensar la historia europea
Los autores del estudio definen esta población como una auténtica “isla genética” en tierra firme. No porque estuviera completamente aislada, sino porque actuó más como punto de salida que de llegada. Durante la Edad Moderna, muchos habitantes emigraron a otras regiones del Mediterráneo, dejando una huella genética mínima fuera, pero conservando la suya propia.
Este caso obliga a replantear una idea muy arraigada en la historiografía: que el paso de la Antigüedad a la Edad Media fue un proceso homogéneo y universal. Aquí, al menos, no lo fue.
La investigación no cierra el debate. Al contrario, abre la puerta a futuros análisis de ADN antiguo que podrían confirmar de forma definitiva la continuidad entre las poblaciones actuales y las de la Antigüedad tardía. Si eso ocurre, este rincón del sur de Grecia se consolidará como uno de los ejemplos más claros de persistencia humana en la historia europea.
A veces, la historia no avanza a golpes de grandes imperios o migraciones masivas. A veces, sobrevive en silencio, en lugares donde nadie miraba.
Referencias
- Davranoglou, LR., Kofinakos, A.P., Mariolis, A.D. et al. Uniparental analysis of Deep Maniot Greeks reveals genetic continuity from the pre-Medieval era. Commun Biol 9, 157 (2026). DOI: 10.1038/s42003-026-09597-9



