Cuando, poco después de las 20.00 del viernes, Alberto Tomba, un dios de los viejos tiempos, prenda la llama en el pebetero del Arco della Pace, en el parque Sempione de Milán, al mismo tiempo que la histórica Deborah Compagnoni enciende el fuego en la plaza Dibona de Cortina d’Ampezzo, un dios adolescente ocupará su lugar como símbolo todopoderoso de los Juegos Olímpicos de Invierno que comienzan.
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