El fútbol llega a lo más profundo del ser humano, a su inconsciencia y conciencia, a la razón y a la emoción. La epidemia de fútbol del miércoles pasado, con 18 partidos en donde cada gol provocaba un vuelco en la clasificación, nos puso ante situaciones delirantes. El Barça, único club español en clasificar entre los ocho primeros, terminó el partido festejando por todo lo alto el gol de un equipo de Mourinho. ¿Cómo pudo ocurrir? Fácil, pesa más el odio al Madrid, que a Mourinho. Otra paradoja se vivió en Lisboa: el Benfica festejó terminar vigésimo cuarto y el Madrid se fue con un regusto amargo por terminar noveno. Cuestión de expectativas.
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